En la Grecia antigua Esparta con su sencillez y su orden, en comparación con la espléndida Atenas, debe haber sido un dechado de virtudes guerreras y cívicas. De esa sociedad de soldados, no perduran monumentos ni espectaculares ruinas para regocijo de los arqueólogos de nuestro tiempo. Sólo se recuerda su prestigio debido a la grandeza histórica de sus hombres, sus leyes rígidas, su austeridad, el coraje de sus ciudadanos y el poderío de una ciudad que no necesitaba de murallas para sentirse segura.
Nadie podía vivir a su gusto en Esparta, esa tierra donde las cuatro quintas partes de los habitantes eran siervos o carecían de todo derecho de ciudadanía.
En la ciudad, como en el campamento militar, debía observarse un modo de vida establecido, en el cual la entrega a los asuntos públicos, el cuidado y educación de los niños y el aprendizaje que los adultos aprovechaban de los ancianos.
La unidad y el orden social estaban garantizados en extremo, mientras que la economía no pasaba del nivel más rudimentario que pueda imaginarse, al punto que Platón encontró admirable ese modelo.
Era la condición política por excelencia la igualdad y no se aceptaban diferencias económicas de ningún tipo, todo lo cual permitía la exigencia de una fidelidad total y absoluta a la comunidad.
Por otro lado, la mujer espartana gozaba de mayor libertad que la ateniense en todo sentido, puesto que no tenían que soportar tal grado de reclusión y podían participar en ejercicios gimnásticos y en torneos.
De tal suerte, en esa sociedad tan austera y ordenada, y por más que resulte extraño, las mujeres estaban autorizadas a ser adúlteras.

Escena mitológica espartana, mosaico del
Museo Arqueológico Nacional, Nápoles
Eso sí, con ciertas condiciones, debido a ese personaje situado a medio camino entre el mito y la realidad histórica que es Licurgo, considerado el Padre de Esparta, y a quien se atribuye el trazado de las líneas que regían ese peculiar modo de vida.
La mujer podía ser infiel a su marido, siempre y cuando el amante que eligieran fuera más alto y robusto que el esposo. Esparta –que arrojaban del monte Taigeto a los recién nacidos enclenques o que hubieran nacido con defectos–, rendía un culto al físico con un objetivo muy claro: formar mejores guerreros.
Por eso los amantes no podían ser ni bajos ni delgados, lo que automáticamente hacía suponer a quienes lo eran, que más tarde o más temprano sus esposas terminarían siéndole infieles. Y los únicos que podían poner las manos en el fuego por sus cónyuges eran aquellos cuya estatura y fortaleza estuviera por encima de la media exigida.
Por lo demás, como la soltería estaba penada con el destierro, ningún marido podía enfadarse y pedir la separación de sus mujeres, ya que se enfrentaba al dilema de tener que optar entre el exilio de su patria, o seguir siendo cornudo a conciencia, y sin rechistar.