Ya Ovidio, en uno de sus escritos, hablaba de Sipylus, y en él parece haberse inspirado Gerolamo Fracastoro, para nombrar por primera vez a Syphilis –alterando el nombre–, siguiendo una costumbre de los humanistas de la época. Fracastoro había nacido en Verona, en 1478 y según consta, debió haber vivido unos 75 años. Estudió en Padua, ciudad que destacaba por su universidad y por la excelencia de sus estudios y la celebridad de quienes allí estudiaban, como por ejemplo Copérnico.
Fracastoro, que escribía en muy
buen latín, solía organizar veladas musicales y de conversación de temas
científicos, entre los cuales despertó el interés del estudioso la investigación
de enfermedades transmisibles.
En Syphilidis sive de morbo Gallico (“Sífilis o sobre el mal francés”) y su tratado De contagione et contagiosis morbis et eorum curatione (“Del contagio, las enfermedades contagiosas y su curación”), expuso sus más
geniales ideas acerca de las enfermedades contagiosas y su curación,
especialmente acerca de las enfermedades epidémicas, en las que por primera vez
da un fundamento a la idea y concepción del contagio.
Según el estudioso, el contagio se producía por la transmisión de partículas diminutas que denominó seminaria contagiorum, capaces de multiplicarse en un
cuerpo sano por contacto directo o por medio de materiales contaminados.

Grabado francés, siglo XVIII
El Seminaria contagiorum nos lleva a una rápida asociación con semen, el producto del acto sexual. De hecho, una epidemia de sífilis arrasó Europa durante los siglos XV y XVI, dejando un saldo de miles de muertos, ya que no existía terapéutica eficaz alguna para detenerla, excepto las oraciones o plegarias.
Fue otro estudioso formado en la célebre Universidad de Padua llamado Gabriel Fallopio –profesor de anatomía en esa casa de estudios–, quien parece haber inventado –después de muchos y muy variados inventos y artilugios–, el preservativo, posiblemente debido a las mencionadas epidemias, apoyándose en los estudios de Fracastoro y quizás no, como se supone, como método preconceptivo,
sino como preservador para el contagio.
Pese a todo esto, suele reconocérsele al doctor Condom, médico de cabecera del rey Carlos II de Inglaterra, el desarrollo y patente del eficaz preservativo que, con el paso de los siglos y los adelantos en materia de vulcanización del caucho realizados por Charles Goodyear a finales del siglo XIX, llevó a nivel industrial la producción de preservativos, que encontraron un sinónimo en profilácticos, cuando la medicina
desarrolló el concepto de profilaxis.
¿Habrán tenido algo que ver las oraciones y las plegarias en la motivación de aquellos precursores en el desarrollo de este artilugio? Sea lo que fuere, el invento terminó siendo el más eficaz método de protección y prevención para el SIDA, ese mal del milenio, que como la lepra en el medioevo, constituye uno de los miedos –el miedo a las epidemias–, de los que escribe con lúcida propiedad el medievalista Georges Duby en su obra: “Año 1000, año 2000: La Huella de nuestros miedos”.