Hace más de un año, cuando empezábamos este blog, hablamos del que parece ser el nuevo paradigma de hombre del siglo, el Metrosexual. Ese que siendo adinerado, petulante, fatuo, estrepitoso, algo afeminado, egoísta, ególatra, materialista, acaparador, utilitario, vanidoso, presuntuoso, envanecido, pedante, vacío, presumido, fachendoso, soberbio, altanero, inmodesto, engreído, ostentoso, fantoche, aparatoso, rimbombante, teatral, pomposo, fastuoso, bufón, mequetrefe, marioneta, llamativo, recargado, complicado, recargado, lujoso, exagerado, hueco, jactancioso, altisonante, pretencioso, extravagante, excéntrico, provocador, estridente y chillón, a-do-ra vestirse con ropa llamativa, precisamente porque quiere exhibirse como en una pasarela. Se pinta las uñas, usa cremas faciales, corporales, hidratantes, nutritivas y estimulantes. Se tiñe el pelo, se hace masajear, asiste puntualmente a la manicura y a la pedicura y hace gym y aparatos, pero con mucho cuidado para no dañarse lo que considera que es lo más importante que tiene: su propio cuerpo.

Ahora apareció una nueva categoría: el Metroemocional, según leímos, concebido por una escritora española, autora del libro “En busca del hombre metroemocional”. Léanla en este vínculo, que me da pereza escribir tanta pavada.
Les adelanto la conclusión de tanta palabrería saturada de conceptos sacados de la galera, más una buena cuota de obviedades: parece ser que –como lo explica la escritora Roseta Forner, que sus buenos euros debe haber ganado con este manual de búsqueda del hombre perfecto–, para ser considerado un Metroemocional se requiere un nivel de evolución tal, que es como encontrar el diamante Napoleón en el medio de la calle.
A menos, claro está, que las mujeres nos pongamos a aprender el difícil arte de la joyería para poder pulir todos los posibles diamantes en bruto que se esconden debajo de tanto grandote pavo suelto por ahí.
Al fin y al cabo parece que resultará cierto que las mujeres repitamos, como un sonsonete una pregunta que a mí, personalmente, me da arcadas, porque no es la muestra más patética de nuestra responsabilidad en la decadencia de esta sociedad en la que vivimos: “¿Es que ya no hay hombres?”.