Colección Voyeur

Lunes 03 de Octubre de 2005
Mentira piadosa

Clara no logra conciliar el sueño. Busca a tientas, sobre la mesa de luz sus cigarrillos. Le resultan insoportables los ronquidos de su esposo, que duerme a su lado, boca abajo, sumido en el más profundo de los sueños.
Desde que se conocen, él siempre hace lo mismo. Transita entre sueños, ese largo después... El de la frase que Clara nunca va a olvidar. Por supuesto que el libro del que la extrajo y el autor del mismo, se han borrado de su memoria. Pero la frase no: “agonía, éxtasis y un largo después”.
Le parecía una buena síntesis para lo que les sucedía cuando hacían el amor.
Clara acomoda su almohada para poder reclinarse en ella y, satisfecha de haber encontrado al fin, el encendedor y los cigarrillos, enciende uno. Le da una pitada y el humo que exhala, inaugura un fantasma que no tarda en vaciar su equipaje de fantasías. Mientras fuma, observa casi con envidia a ese hombre que inmóvil, casi emparentado con la muerte, continúa roncando.

Recuerda entonces, que hasta hace unos pocos minutos, esa calma en que están sumidos, era una tormenta de erotismo. Evoca aquellas sensaciones, que la mayoría de las veces se le antojaban inciertas, tras una larga bocanada de humo.
Estaban acostumbrados a andar y desandar el amor por itinerarios de placer infinito. En sus apasionados encuentros íntimos, jugaban como niños. Se emocionaban. Enloquecían.
Sus rituales de caricias y besos, añejados en esa libertad que brinda la confianza mutua, les proporcionaban buenos orgasmos.
Si, buenos orgasmos, se repite Clara para si. Siempre debía darle a su marido certezas de que había sido así. Porque era infaltable la pregunta:
–¿Todo bien, mi amor?
–Sí... claro. Todo bien.
–¿Estás segura? ¿Te gustó?
–Sí querido... Sí vos ya sabés.
–Sí, yo sé.
Y tras ese "yo sé", se instalaba el atiplado sonido de quien descansa con la tranquilidad del deber cumplido.
Ese hombre que ahora ronca y la exaspera, es lo corpóreo, lo tangible. El que le da garantías de que algo arde, quema e incinera. El encargado de retribuirle el disfrute físico.
Gervasio es todo eso pero a la vez existe una constante a la que Clara se aferra: esa fantasía que la acompaña y no le da tregua mientras se excita en brazos de Richard Gere. Desde un comienzo estuvo en sus brazos, gozando su fábula de sexo.
Era Richard el que le acariciaba los senos. El que la poseía hasta hacerla perder el control.
Su marido... apenas una circunstancia.

¿Os gustó? ¿A que sí? Pues bien, es un aporte de nuestra lectora y amiga Marta, la misma que nos envió aquellos poemas premiados, ¿la recordais? Os dejo un beso y buen comienzo de semana.

 
Publicado por Monserrat a las 05:00

Respuestas
03 Octubre 2005 - 12:17
Victoria
Casi me la creo
04 Octubre 2005 - 16:55
Enviar un emailfelipe
casi una narracón borgiana
04 Octubre 2005 - 21:39
Enviar un emailMonserrat Borras
Marta, nuestra amiga y lectora, admira a Borges. Y la admiración lleva, a quienes escribimos, a emularlos con nuestras propias letras. Le llaman inconsciente, creo. Seguramente Marta estará exultante de felicidad al leer tu comentario. Gracias para ambos por ello, entonces. Un beso.

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