–A ver... Cada vez que pasan la noche juntos, ¿cuántas veces te lo cojés? –pregunto. Su amiga era de llamar al pan, pan y al vino, vino y no se andaba con rodeos. En su concepción del mundo y del sexo, seguía el lema: “¡Adelante y a toda máquina, y que los dormidos se jodan!”
–Una... –dijo
–¿Una sola? –abrió los ojos como platos –¿Una sola vez? Pero a ver, Diana... ¿vos sos boluda o te hacés?
–¿Por qué? Si se puede saber, digo.
–¿Cómo por qué? Pasás una noche entera con un potro como ése y te lo cojés una sola vez. ¿Te parece lógico?
–Es que... –en el discurso de Diana Denti los “Es que...” y los “Sí, pero... “ eran tan frecuentes como espontáneos.
–Querida... ¿adónde estuviste viviendo todos estos años, adentro de una muela cariada? –cuando quería, Agustina podía ser muy cruel–. ¿Y por qué, si se puede saber?
–¿Por qué, qué? –cuando Diana no quería contestar algo, era una virtuosa en eso de darle vueltas a las cosas.
–Mi vida, a un tipo hay que volteárselo por lo menos cuatro o cinco veces, ¿cuántas veces te lo dije? A ver si lo entendés, mi cielo. Un tipo necesita que le cuelguen lucecitas de colores en el ego ¿entendés? Tiene que sentir que es el Super Macho Americano y que para él, tres o cuatro al hilo, es lo más normal del mundo.
–¿Al hilo?
–Sí, y no hablo del hilo dental. Tres o cuatro uno después del otro, sin parar y sin sacarla. Eso les gusta más que el fútbol y los autos, por lo menos antes de casarse. ¿No te das cuenta?
–Es que...
–¡Y dale con el “es qué...”! –dijo Agustina. Se había exasperado.
–¿Me vas a dejar hablar? –dijo Diana. A veces su amiga la ofuscaba porque no entendía que a ella le costaba hablar de ciertas cosas.
Agustina fue hasta la heladera y volvió con la botella de gaseosa y dos vasos.
–Dale, te escucho... A ver con qué nueva boludez te venís ahora...
–Agustina, no seas así... –pidió. Los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a temblarle la barbilla. Sólo delante de su amiga se permitía mostrar que también podía llorar.
–Bueno, mi cielo, mi bebé, mi amiga del alma... contame, dale, te escucho.
Agustina le hizo una caricia. Podía ser tan odiosa como comprensiva. Sirvió la bebida y le dio un vaso. Con el dorso de la mano le secó una lágrima que le caía por la mejilla. Se sintió estúpida por no poder contener el llanto.
–Tomá un poco y largá el rollo, Diana. Dale....
Vaciló. Hablar de ella misma y de lo que le ocurría, revelar sus intimidades le era tan difícil como lavar los platos. Podía abrir la encía de un paciente de punta a punta, sin que le temblara el pulso y sin la menor vacilación, para cerrarla después de haberla limpiado con la meticulosidad del profesional aséptico pero eficiente.
Juntó fuerzas, dio un respingo y sorbió un poco de gaseosa.
–Es que la tiene muy grande –dijo, tan rápido que es escuchó más bien como “Esquelatienemuygrande”. Y las malditas mejillas que le ardían otra vez.
Agustina no dijo nada. Por un instante le rehuyó la mirada y preguntó:
–¿Cómo muy grande?
–Y, sí, Muy Grande... ¿qué querés que te diga?
–No me digas –la interrumpió–. ¿Cómo de grande, a ver? Mostrame.
–¿Qué te muestre qué?
–Cómo la tiene de grande.
–¿Y cómo hago para mostrarte?
–Con las manos, boba... ¿Así? –preguntó y tomó la iniciativa. le hizo un gesto con las palmas enfrentadas a unos quince centímetros una de la otra.
–Más... –dijo Diana, bajando los ojos.
–¿Así? –ahora la separación era aproximadamente de dieciocho centímetros.
–Un poco más.
–¿Más? –preguntó, y hubiera jurado que su amiga se mostraba maravillada. –¿Así? –más de veinte centímetros entre palma y palma.
–Sí, más o menos... –su respuesta era casi un susurro.
–¡Ay, querida! –dijo Agustina–. A veces no sé si sos boluda o te hacés. ¿En algún momento pensaste que tenés lo que muchas minas te envidiarían si lo descubrieran.
Su amiga Agustina. La que no se andaba con rodeos. La que podía ser cruel como un verdugo y tierna como un cachorrito.
En eso pensaba mientras conducía su Golf hacia la casa de su amiga.
Distraída, y sin darse cuenta que venía un taxi atrás, frenó bruscamente en un semáforo. Sintió el chirrido detrás de ella, y por el espejito vio la maniobra del taxi para no chocarla. Terminó detenido al lado de ella. Iba vacío. El conductor, furioso, se inclinó hacia la ventanilla del acompañante.
–¡Por qué no vas a lavar los platos, boluda? –le gritó.
Cuatro segundos después, el semáforo cambió al verde y Diana aceleró como si estuviera corriendo en Fórmula Uno
(Continuará)