A eso de las cuatro de la mañana,
cuando invade un poco de frío la alcoba
y clarea el alba.
“Ausencia”, Manuel Machado
Aunque esté dormida, por extraño sortilegio, te siento llegar. Vas derecho al grano. Sin preámbulos. Tu boca se apodera de mis pechos. Basta el primer contacto de tu lengua para que mis pezones se endurezcan como piedras. ¡Ah! ¡Me has sorprendido otra vez, y no puedo ni quiero resistirme. Besas, chupas, y lames. Aprisionándome un pezón entre los labios, me lo halas; un instante después al otro, me lo muerdes. Me estás sacudiendo la modorra de un plumazo. Gimo como la gata del vecino cuando está en celo, y poco a poco, recupero con cada espasmo un tramo de conciencia.
Lo primero que hicieron tus manos –aún dormida–, fue adueñarse de mis caderas. Palpas, sobas, agarras, me aferras y no sueltas, porque soy tu hembra dormida, y tú me puedes y yo me dejo. Cuando consigo despejarme y abrir los ojos, no hay retorno. Ya me has abierto las piernas, que están sobre tus hombros. Te dispones y bajas a comerme. ¡Esa boca tuya me avasalla! No me abres los labios, me los fuerzas con tu lengua. Me sojuzgas. Hambriento de carne, me atrapas el clítoris. Sediento de mis jugos, otra vez más besas, chupas, lames. Cuando halas, levanto las caderas y te lo entrego. Cuando muerdes, siento que enloquezco.

Acompañas a tu boca con uno o cuatro dedos y con todo, me haces llegar no una, diez veces y bebes de ese manantial que fluye sin descanso. ¿Ves? Lo presentía: estás sediento. Sigue bebiendo, mi querido, ahí me tienes.
Pero no te sacias. Todavía quieres más.
Para cuando creo estar despierta, ya me has sometido y puesto en cuatro patas. Me acaricias y me lames todo el culo con la lengua. Adentro, afuera. Chupas, rozas, me lubricas, me preparas. Después... Ah, después... Lo que me quedaba de sueño, se ha esfumado. Apoyas la punta de tu miembro y vas entrando. Primero lentamente. Me estoy abriendo para ti, milímetro a milímetro, hasta que me llenes por completo y te das cuenta.
Sé lo que viene ahora: las embestidas con fuerza y desenfreno. No sólo te dejo, te acompaño. Me muevo sin parar, como una fiera. Sacudo la cabeza, gruño, gimo y clavo mis uñas en la almohada hasta el último impulso, el lanzamiento. Entonces, acabamos. Yo, gritando. Tú, rugiendo. Te complazco, hombre mío, me entrego.
De momento, satisfecho, te recuestas a mi lado. Tu corazón palpita, el mío se me sale por la boca y entre las nalgas se me escurre la ofrenda que me has hecho. En las sombras, me reconozco en tus ojos y me impregno del olor y el sabor de los amantes.
A eso de las cuatro de
la madrugada, siempre puntual, aparece el deseo. Complaciente me rindo a su
llegada y él exigente se apodera de mí por completo.
Anamar