... Que me acusen de fomentarlo. También a mí las kilt escocesas siguen gustándome, aunque ahora hayan quedado de momento en el olvido, reemplazadas por los pantalones o las polleras de tiro corto que me niego a usar y que no me agradan en absoluto.
Yo, las usaba en la adolescencia y también en la juventud, porque me tocó una época en que volvieron a ponerse de moda, al menos para algunas mujeres. Como bien lo señala Anamar –dicho sea de paso, excelente relato el de nuestra nueva compañera–, las faldas escocesas con tablones, hebillas y un gran alfiler de gancho despiertan pasiones no sólo en quien la admira, sino también nosotras, que las usamos, si vamos a hablar en serio del tema y si de decir la verdad se trata. Conozco por lo menos a tres personas cercanas –uno de ellos muy cercano a los que aquí trabajamos (¡Chist! No lo comenten)–, que alucinan con las kilt escocesas. Veremos qué pasa si un día Murron, que es hija de irlandeses, se aparece con una kilt del clan de los Jamieson, por nombrar uno. Allí está el testimonio de una lectora (una verdadera experta, en atuendos gaélicos, gracias a la cortesía y a los viajes de su cuchi-chuchi ), para dar fe de que lo que estoy escribiendo, no es un dislate..

Particularmente a mí, las miradas no me las echaba mi jefe, sino un profesor de la facultad con el que terminé saliendo durante bastante tiempo y reconozco que me vestía así para las clases yo lo hacía totalmente adrede porque sabía que eso lo ponía de vuelta y media. Que conste que no lo hacía por la nota, sino porque ese hombre, era un Hombre (así, con mayúsculas), según yo lo veía y el que me tenía de vuelta y media, ahora que lo pienso bien, era él a mí.
Era totalmente deliberado, lo confieso. ¡Pobre angel! En vez de colitas, me recogía el cabello en una cola de caballo casi al punto del qué-me-importa,
aunque me pasaba bastante tiempo frente al espejo, antes de salir, para que luciera así de casual. Otras veces, me hacía una trenza vikinga y se ve que le gustaban, porque cada vez sentía sus ojos en mi nuca más persistentes que nunca, ya que el buen profesor no se quedaba parado delante de la clase, sino que solía caminar entre las filas de bancos mientras hablaba con una erudición digna de admiración del romanticismo francés posrevolucionario.
Y sí... tal como lo describe Anamar, alguna vez me abandoné a la osadía –cuando yo iba a encontrarme en secreto con él en su departamento de hombre divorciado–, de no llevar nada debajo.
Pero nada, de nada... ¿eh?
Apenas una rociada de Scape o Giorgio de Beverly Hills , que eran los perfumes que –según él–, mejor le venía a mi piel.