Colección Voyeur

Sábado 24 de Septiembre de 2005
MOMENTOS (6)

Aunque lo tenía planeado, lo único que no quería hacer en ese momento era ir a la casa de sus padres, porque sabía que iba a tener que soportar, como un sonsonete, el tema por excelencia de su padre: la profesión. En ocasiones prensaba que había elegido la carrera sólo por complacer a su padre. Y aunque se decía que no era cierto, que a ella la profesión le gustaba, cuando le daba el ataque de sinceridad con ella misma, no podía engañarse. Era dentista, porque era la hija del Doctor. Y la hija del Doctor –en el pueblo donde había nacido, ser hija del Doctor era ser alguien–, no podía ni debía hacer otra cosa que seguir el camino de su padre.
–Algún día todo esto va a ser tuyo –decía su padre, dando por sentado que ella iba a bailar de contenta por heredar el consultorio del pueblo y sin considerar siquiera la idea que ella no sólo no quería el consultorio, sino que tampoco quería volver al pueblo.
La nenita obediente de siempre.
Eso era lo que había sido. Una chica obediente. La chica diez en el colegio. La abanderada en el primario y en el secundario. La perfectita que usaba aparatos en los dientes y que tenía que cepillar su boca por sectores, diez veces en cada sector, en la cara anterior y luego en la posterior. El hilo dental. El cepillo especial para los intersticios de los dientes. Sí, claro, todo muy lindo. Era dueña de una dentadura sana, con todos los dientitos blancos, parejitos, sin caries, pero cuando todas sus compañeras de la adolescencia cambiaban de noviecitos como de jeans, ella se quedaba en casa estudiando.
La primera vez que la habían invitado a una fiesta, estuvo a punto de no ir porque pensó que le habían preparado una broma de mal gusto para reírse de ella. De hecho, las relaciones con sus compañeras no eran precisamente las mejores. Con sus compañeros, sencillamente no había relaciones. La única amiga que había tenido en el colegio había sido Agustina.
Se conocieron el primer día de clase, en primer grado y continuaron juntas los diecisiete años de estudios. A las dos semanas, se habían hecho amigas y lo siguieron siendo hasta terminar la secundaria y también después, cuando a instancias de su monotemático papá se vino a Buenos Aires para anotarse en la facultad, Agustina vino con ella, porque así lo habían convenido.
Agustina también había estudiado Odontología, pero no porque se lo impusieran. A su amiga, le gustaba la profesión. Quizás no la ejercía con la excelencia –¿por qué no llamarla auto exigencia?– que ella misma, pero tenía su propio consultorio y no se podía decir que le fuera mal.
En realidad Agustina nunca supo qué significaba que a alguien le pudiera ir mal. Para ella tener todo lo que una familia de mucho dinero le dio, era totalmente natural. No hacía ostentación de la opulencia del patrimonio de sus padres y tenía ese curioso don de llevarse bien con todo el mundo que la rodeaba, sin distinción de sexo, ideología, religión o condición económica o social.
De hecho –Diana, posiblemente, era la única que lo sabía–, Agustina había perdido la virginidad con el que era considerado el marginal del pueblo.
–¿Con ése? –se había escandalizado cuando al otro día Agustina le contó su secreto, poniendo cara de asco.
–Ese, mi vida, me dejó con las piernas hechas un flan, el cerebro como gelatina y la concha tan sensible que cuando llegué a casa, me tuve que dar baños en el bidet y, además, me hice una paja. Ese, debería hacerte lo mismo que a mí, a ver si te aviva un poco.
–No seas guaranga –le había contestado–. No me gusta que hables así.
–Pues deberías probar lo que yo probé ayer, y ya te quisiera ver a vos qué dirías –había contestado su amiga, revoleando los ojos.
Se la había quedado mirando, las mejillas ardiendo, como cada vez que hablaban de sexo.
–¿Qué pasa?
–Nada, nada...
–Daleeeee...
–¿Du-duele? –no entendía, cómo se había animado a preguntar.
–No me pareció taaaaan doloroso como me habían dicho –había asegurado Agustina–. Y si me dolió, no me acuerdo. Porque lo que vino después, querida... ¡Ay, Dios! ¡Cómo me hizo acabar! Creí que me moría...
Agustina, su amiga. La del cabello como cobre encendido. La pelirroja de carácter levantisco y temperamento de fuego. Con una piel blanca salpicada de pecas y un cabello ensortijado que le hacía más linda la cara.
Agustina, su confidente, su consejera. Su mejor amiga.
Tenía que hablar con ella y preguntarle qué hacer. Agustina siempre sabía qué hacer en cada situación. No sabía cómo iba a contarle que se había calentado con el paciente ése, porque se moría de vergüenza de solo recordarlo, pero su amiga era más rápida que un misil. Donde le diera una puntita de la historia, se iba a dar cuenta y la iba a ayudar.
Bajó a la cochera, se metió en su Golf último modelo, y salió del estacionamiento con cuidado, mirando a uno y otro lado como le había enseñado su papá, como hacen las chicas responsables que conducen automóviles, antes de acoplarse al nutrido tránsito de esa noche de viernes.

(Continuará)

 
Publicado por Murron a las 19:00

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