Después de haber publicado las notas referidas a las mujeres más relevantes en la vida de Pablo Ruiz Picasso, considero necesario este último resumen, a manera de síntesis. Ese malagueño genial dibujó, pintó, amó, grabó, amó, esculpió y amó y modeló y siguió amando, con la misma compulsión, dejando un inconmensurable legado cultural que terminó repartido entre sus herederos y museos de todo el mundo.
No cabe duda que era desmesurado para todo. Para amar, para vivir, para odiar, para beber, para salir de franachela y para seguir trabajando. Era el misterioso imán que anida en algún lugar de la tierra y hace magnético al Polo y vuelve locas a las brújulas. Era una tentación. Y como tal, peligrosa, porque después caer en esa tentación, nadie resultaba indemne. Algunos pudieron salir con pocos rasguños, a otros les costó la vida.

Porque su herencia también tiene una cara oscura, el Thanatos que reemplazó al amor, y que pasó de la mano del artista con la misma fuerza que un huracán, que un toro Mihura o uno de esos Minotauros que pintaba con una obsesión sospechosa: su hijo Pablo murió alcohólico; el nieto que llevaba su nombre falleció, después de padecer una larga agonía, por haber tomado lavandina. Su nieta Marina, hizo pedazos el libro titulado “Picasso: mi abuelo”, a tal punto el rencor que sentía por él. Marie-Thérèse Walter y Jacqueline Roque, se suicidaron y ni siquiera Françoise Gilot, que fue la única que lo abandonó, salió indemne del todo.
Sus mujeres se dejaron seducir y se contagiaron su desmesura. Y es que Pablo Picasso nos requería a todas, esto es, requería a La Mujer.
Como marido, como amante, como padre, confidente, amigo y compañero ocasional, como pariente y como cliente de un burdel. “A mi padre –se le escuchó decir a su hija Maya–, le hubiera gustado guardar para siempre a todas sus mujeres. Para él cada una tenía color, forma y espíritu”.

Lo tuvieron paa él Fernande Olivier, Eva Gouel, Irene Lagut, Emilienne Pâquette, Silvette Davil, Elvire Palladinin –You-You–, Olga, Marie-Thérèse, Dora, Françoise, Genevieve y Jacqueline, sus mujeres. Gertrude Stein e Ivonne Zervos, sus mecenas y amigas; Maya y Paloma, sus hijas; Conchita, María, Carmen y Teresa, sus primas; Concepción y Lola, sus hermanas y María Picasso, su madre, de quien tomó el apellido con que lo iba a recordar la posteridad.
Para el Picasso anciano –me pregunto si llegó a ser o a sentirse realmente viejo alguna vez– la mujer y su cuerpo y su sexo no dejaron de ser la mayor tentación y un placer sólo comparable al de sus creaciones. A tal punto, que cuando El 8 de abril de 1973 abandonó este mundo en su casa de Mougins, en su estudio había quedado inconclusa la última obra en la que había estado trabajando hasta la noche anterior: un desnudo femenino.