Una imagen inalterable en mi memoria, es la de una mujer dedicada a la deliciosa tarea de pintarse las uñas de los pies con esmalte colorado.
Hay quienes empiezan a mirar a una mujer por
algunos lugares determinados de su anatomía. Yo, empiezo por las manos y luego
mis ojos se van solos hacia abajo, hacia los pies. Quizás se concluya –ya me lo
han dicho alguna vez–, que tengo el fetichismo exacerbado. Puede ser. Y es
cierto que para mí los pies de una mujer son la condición sine qua
non.
La deliciosa curva de la pantorrilla rematando en los tobillos finos y el suave declive hacia los dedos pequeños, las uñas recortadas y el esmalte del color de la pasión me provocan una catarata de sensaciones que tienen que ver con la sensualidad, sí, pero también con la ternura.
¿Cuánto hace que no veo unos hermosos pies de mujer?

Es cierto, el invierno los ha mantenido ocultos. Ayer ha empezado la primavera y en poco tiempo más volverán a dejarse ver, aunque no he visto ninguno igual, ni que se asemeje a los pies de aquella primera mujercita de la juventud, que cuando retozábamos después del amor, jugaba a cosquillearme con los dedos en la oreja, porque sabía que iba a terminar besándole cada uno de sus dedos y deslizando mis manos, tan suave como plumas, por la tersa extensión de la planta, rodeando los talones, trepando por los tobillos y apoyando mis labios en ese empeine que parecía haber sido creado por las manos de un artista.
En aquellos primeros tiempos de intimidad compartida, ella solía mirarme de soslayo –sabiendo que yo la estaba observando–, cuando se dedicaba con esmero a pintarse de colorado las uñas de los pies.