Colección Voyeur

Domingo 18 de Septiembre de 2005
MOMENTOS (5)

Me toma en sus brazos. Me levanta como a una pluma. Me besa en la boca y me mete la lengua casi con prepotencia, empuja y fuerza la frontera de mis dientes y me obliga a abrirlos y su lengua toca la mía. Siento que las piernas me tiemblan. Tengo miedo. No se ha sacado el boxer, pero esa dureza me presiona el vientre y me parece monstruosa.
Es impulsivo, nada delicado, no debe conocer el significado de la palabra “suavidad”, pero me atrae.
El vello del pecho, los brazos y las piernas me recuerda a un mono o a un gorila. No me gustan los hombres peludos porque me gusta acariciar y sentir la piel, no chupar pelos, pero no puedo hacer nada con éste y me entrego.
Su lengua sale de mi boca, y corre por mi mejilla y entra en mi oreja. Me imagino que él debe estar lamiendo pelo y le debe gustar. Yo odio el vello abundante de mi cuerpo, me obsesiona.
Ahora, la lengua se mete en mi oreja y la usa como si fuera un obrero del petróleo utilizando un trépano. La sensación es confusa. Por un lado, me excita el contacto, por el otro, me parece que me está llenando el oído de saliva.
Después, baja por mi cuello y mi tórax.
–Tetitas de nena –me dice, y me las manosea. Tengo los pezones duros y el muy bruto me los aprieta de tal manera que me duele.
–Ay, no, así no... –me quejo.
–Dale que te gusta. A todas las minas les gusta que les aprieten los pezones –dice él.
No, no a todas. A mí no me gusta pero, por alguna razón y en ese momento, me excita.
La lengua sigue bajando, como un trabo de piso húmedo, pringándome en saliva. ¿Qué hace? ¿A dónde va?
Debe estar muy cerca de mi vagina y me da vergüenza porque tengo demasiado vello y no fui a depilarme, no me lo esperaba.
–No, ahí no... –le pido.
–¡Shhh!
Y de pronto la lengua me fuerza los labios de la vulva como antes la boca.
Siento como si me hubieran conectado a un cable de alta tensión. Me parece que pegué un salto.
Con esos brazos fuertes y musculosos que tiene, me traba las piernas. Esas manos toscas me separan los muslos y hunde su cabeza entre mis piernas.
Cierro los ojos y me imagino la lengua como un ariete, empujando dentro de mi vagina, penetrándome. No sé si me gusta o no. No tengo ni tiempo ni ganas de pensar en eso. Pero la sensación es tan fuerte que, de pronto, me empieza a correr un calor desconocido por el cuerpo. Me cosquillea el cerebro. Siento la necesidad de abrir las piernas aunque me descoyunte y le agarro el cabello y le empujo la cabeza para que se hunda más.
Me tiembla todo el cuerpo. El corazón parece haberse salido de su lugar y lo siento latir en mi cabeza. Me está cogiendo un camionero. Me está violando un desconocido. Soy una nena y me raptó un hombre con el cual no hay resistencia posible.
Las fantasías me pasan todas por la cabeza como ratas corriendo por un depósito vacío.
No doy más y me dejo llevar.
No puedo, no lo aguanto, es muy fuerte. ¿Qué me pasa? ¿Qué son esas cosquillas? ¿Por qué me late el vientre? ¿Por qué curvo las plantas de los pies y tenso las piernas?
–¡Ay, Dios, sí! –grito.
Jadeo. Transpiro.
Y un instante después esa cosa monstruosa entrando en mi cuerpo con la delicadeza de un rinoceronte enfurecido.
Me duele pero me gusta.
Otra vez las cosquillas. Otra vez las contracciones. Otra vez el abandono.
Nicolás, ese nene que por un instante hasta se parecía a un hombre, me arranca los primeros orgasmos de mi vida.
Me pongo a llorar.
–¿Qué te pasa? ¿No te gustó? –pregunta estúpida si la hay.

¿Cuánto tiempo hace que está mirándose frente al espejo y acordándose de esa primera vez? Ese recuerdo, es el que hace que Diana lo desee. Y cuando él no le hace “el tratamiento” –como él lo llama pretendiendo ser gracioso–, Diana se pone de muy mal humor.
De pronto siente la necesidad de hablar con su amiga Agustina. Eso. Agustina, que es mucho más experimentada que ella, seguramente la va a ayudar.
Nada de ir a la casa de sus padres. Hoy, no cree ser capaz de aguantárselos.
Recuerda que Agustina le dijo que no iba a estar, pero no importa. Puede entrar a la casa y esperarla, tiene llaves.
Ahí se va a sentir mucho mejor que en su propio departamento.
Se viste. Acomoda con los dedos su cabello corto y mira su imagen reflejada en el espejo.
Después apaga la luz y sale del cuarto de baño.
–Hasta el lunes, Gladis –dice.
–Hasta el lunes, doctora –contesta su asistente–. Que pase un buen fin de semana. Saludos a sus padres.
–Sí, gracias.
“Sí, Juan, claro, se los voy a dar. A la casa de mis padres, ni loca..”, piensa, antes de que se cierre la puerta tras de sí.

 (Continuará)

 
Publicado por Murron a las 14:00

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