Colección Voyeur

Sábado 17 de Septiembre de 2005
MOMENTOS (4)

Al principio, se sentía mal porque no se había dado cuenta que él era tan sensible, y entonces empezó a tener que cuidarse todo el tiempo de lo que decía. Cuando se enojaba, parecía un chico con un berrinche, y le producía confusas reacciones a medio camino entre la irritación y la complacencia. Le parecía que Nicolás pretendía que lo complaciera en todo, y que se convertirse en alguna clase de mamá sustituta, como si ya no tuviera una y, para colmo de males, psicóloga.
Porque el nene era hijo de psicóloga. Y de una de esas metomentodo que siguen creyendo que, a los cuarenta años, el badulaque todavía es un “nene”.
Diana sabía que la mamá psicóloga de Nicolás no le tenía demasiada simpatía. Más bien, casi tenía la certeza que la detestaba a conciencia, aunque mantenía las formas y cada vez que iba le regalaba una sonrisa más falsa que un billete de tres dólares.
–¡Qué alegría de verte, que-ri-da! –la saludaba, mostrando sus dientes demasiado perfectos para ser propios, con una sonrisa bobalicona y ese aire ausente que suelen tener las psicólogas de cierta edad, como si vivieran en trayecto constante entre Babia y el Limbo.
¡Justo a ella tenía que tocarle una suegra así!
Y el nene, más allá de ciertas aptitudes que había demostrado los primeros días pero que parecía estar perdiendo en los últimos tiempos, cada vez se parecía más a la mamita. Cada día más ausente e inexpresivo.
En un libro de autoayuda había leído acerca de las mujeres que se lían con hombres inexpresivos. Eso en el supuesto que Nicolás calificara para la categoría de hombre que, no era el caso. Por alguna razón las mujeres tratan de hacer que un inexpresivo abra su corazón, lo que es como pedirle peras al olmo. En realidad, lo que deberían hacer es lo contrario: hacer que ellos las ayuden a ellas a abrirlo. Si en una pareja –al menos en la teoría del libro de autoayuda–, el hombre aprende a hacer que la mujer se sienta segura y le abra su corazón, tiene el éxito garantizado.
Sí, claro. Y los príncipes azules existen y no destiñen y el amor es para toda la vida.
Escrito así parecía muy fácil, pero para la doctora Diana Denti, odontóloga de profesión, profesora de la facultad hija ejemplar, modelo de mujer moderna autosuficiente y exitosa e inexpresiva por naturaleza, ese ejercicio que aparentaba ser tan sencillo se le tornaba un poco más complicado, por decirlo de alguna manera.
“¿Por qué me tengo que concentrar yo en cambiar? ¿Por qué no cambia él primero?”, pensó.
La verdad es que si se lo pensaba bien, él había cambiado.
Cada vez le hacía menos el amor.
Los recuerdos se agolparon en su mente, empujaron la ilusoria puerta detrás de la cual habitaban y salieron todos en tropel. La primera vez había sido un sueño. Casi un milagro.
Habían empezado con los jueguitos de palabras mientras Nicolás estaba con la boca abierta y lo único que podía hacer era mover la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Ella lo había provocado a conciencia, apoyándole las tetitas de nena cerca de la cara mientras hacía que le miraba la boca. Nicolás era de esos tipos que, avispados o bobalicones, tenía magnetismo. De su piel emanaba un olor especial, cálido y excitante y estar al lado de él, los primeros días, había sido como pararse al lado de un generador de alta tensión.
Pero ella había tenido que seducirlo lenta y pacientemente durante dos meses, hasta que él por fin se animó a reaccionar.
Eso sí, el día que reaccionó, Diana no podía creer en lo que estaba viendo.
Ella lo había estado apoyando todo el tiempo mientras él abría la boca en el sillón y había decidido ir hasta el final porque la tenía loca de excitación. Cuando le apoyó la entrepierna en el codo, ese soberbio semental había reaccionado y ella le había echado una buena mirada a la forma en que le abultaba el jean justo ahí, donde debía tener la maravillosa maquinita de la felicidad.
¡Vaya si la tenía!
Y fue con ese aparatito de las mil delicias que todos los señores llevan como atributo, que Diana tuvo el primer orgasmo de su vida.
Virgen, a esa altura, no era. Orgasmos tampoco había tenido.
No había sido en el consultorio, porque no le parecía profesional. De alguna manera, habían terminado en un albergue y cuando Nicolás le apoyó lo que él tenía entre las piernas en la entrada de su vulva, por un instante sintió miedo y ganas de salir corriendo, pero no era el caso.Era exactamente lo contrario. Por eso es que, con un respingo, había abierto bien las piernas, elevado un poco las caderas y guiando con su propia mano a ese delicioso miembro masculino –tremenda pija, para decirlo con propiedad–, lo había conocido íntimamente. ¡Ay, Dios! Por más que lo intentara, no se podía olvidar de esa primera vez.

 
Publicado por Murron a las 05:00

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