Colección Voyeur

Martes 20 de Septiembre de 2005
Genevieve: la chica de los miércoles

“Soy Genevieve Laporte. La chica de los miércoles. Le entregué a Pablo Picasso
cuatro años de mi vida, durante los cuales Fui su amor secreto”.

Genevieve Laporte

La historia empezó cuando la jovencita adolescente que era Genevieve Laporte en 1944 fue a verlo a su estudio de París, con la finalidad de hacerle una entrevista que sería publicada en el periódico del colegio al que asistía.
En ese año, Picasso ya pasaba los sesenta años y la jovencita apenas dieciséis.
–Monsieur Picasso, los jóvenes no entienden su pintura–, le dijo para comenzar la entrevista y él se la quedó mirando y luego debe haberle contestado algo ingenioso, y volvió a mirarla.

Cuando la entrevista terminó, el pintor le pidió que regresara en otra oportunidad y Genevieve, claro, volvió. Debía ser muy difícil resistirse al encanto y al magnetismo de semejante hombre, aunque ya estuviera en la senectud. Fue así como nació una relación muy especial: tomaban chocolate juntos, Picasso le recomendaba libros y conversaban. Al principio, fue –al menos por parte de ella–, una amistad totalmente inocente.
Siete años después, cuando Genevieve ya había comenzado a trabajar, lo visitó de nuevo en su departamento y lo dejó hacer, porque era lo que quería. Fue allí donde se consumó la relación amorosa.
De esta manera comenzaron las visitas secretas que, durante años, le darían a Picasso un puñado de buenas razones para pintar cuadros de una exquisita sensualidad. Muy pocas personas conocían esta situación, y una de las que sí sabía que Genevieve llegaba puntualmente los miércoles y posaba –vestida o denuda–,  para Picasso era su barbero, otro español exiliado por la Guerra Civil, llamado Eugenio Arias .

Arias le guardaba los dibujos que su cliente le daba, a espaldas de Françoise –que casi con seguridad ya se había enterado de estas citas secretas–, y además lo acompañaba a las corridas de toros en Nimes, y otras correrías que compartían juntos. Porque para un buen español –al decir de Arias–, un domingo se vive “Por la mañana en misa, por la tarde toros y cuando cae la noche, en la casa de putas”.
Para Picasso la joven Genevieve era el último aire de juventud, era –como para el Tío Alberto de Machado–, el quemar los últimos cartuchos, tirarse las últimas juergas... y sentir que seguía vivo. Siguió viéndola aún después que Françoise Gilot lo abandonara, porque para el genial malagueño “el hombre no deja de enamorarse cuando envejece, por el contrario: envejece cuando deja de enamorarse”.

Genevieve lo visitaba a menudo, y hasta con la complicidad de su hijo Paulo, en la capilla de Vallauris –en la Costa Azul–, donde Picasso pintaba los murales de la Guerra y la Paz. En ese lugar pintó en las rodillas de la jovencita dos rostros: el de un hombre y el de una mujer, y la niña no se bañó para conservarlas, hasta que no se borraron solas por el paso del tiempo.
Un malentendido terminó con la relación entre ambos, el día que Paulo, hijo de Picasso, le preguntó por qué no le había pedido a la joven que se fuera a vivir con él. Su padre lo miró y, como solía hacer cuando no se le daba la gana contestar, murmuró algo.
–¿Qué dijiste? –le preguntó Pablo.
–Las mujeres que no amo, se me pegan. Y las que amo, desaparecen –contestó, de mal talante–. Fíjate en Genevieve, va y viene pero nunca se queda.
Iba de viaje a la Costa Azul y hablaban de estas cosas cuando se detuvieron a desayunar en una pastelería, la del matrimonio Ramie, antes de llegar a Vallauris.
Los Ramie eran los tíos de una joven mujer de treinta años, divorciada y con una hija llamada Catherine Hutin . Picasso la había conocido cuando era apenas una niña, casi veinte años antes. Su nombre: Jacqueline Rocque .

Genevieve Laporte guardó durante décadas en una caja fuerte los dibujos que de ella había hecho Picasso, por temor a un robo. No podía olvidar aquellos tiempos, cuando apenas acababa de cumplir 24 años, y era la amante de ese genio de la pintura, que pisaba las siete décadas. La había pintado desnuda, vestida con traje de novia, con el suéter del uniforme de marinero y de muchas otras maneras, especialmente varias veces más desnuda.

"Era un individuo tierno, respetuoso, inteligente y tímido. No era el abominable hombre de las nieves", dijo Genevieve a la prensa. Claro que también dijo que tuvo la suerte de poner fin a tiempo la relación, antes de que fuera perjudicial para ella, si se tiene en cuenta el destino de otros amorosas del Picasso.
Cuando Genevieve abandonó a Picasso, Jean Cocteau, el escritor que lo conocía muy bien, le dijo: "Acabas de salvarte la vida".

 
Publicado por Silvia a las 05:15

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