Colección Voyeur

Viernes 16 de Septiembre de 2005
Françoise: la mujer flor

“Le di dos hijos: Claude y Paloma. Compartí mi vida con él durante nueve años.
Lo quise con locura. También fui la única que lo abandonó”

Françoise Gilot

Los alemanes ocupaban Francia y se paseaban por París en 1943. Picasso y Dora Maar estaban en plena relación, cuando el artista conoció a Françoise Gilot, que andaba buscándolo y él terminó por encontrarla con sus veintitrés jóvenes años, su interés por la pintura, su talento para el arte, sus soñadores y brillantes ojos castaños y su inteligencia.
Françoise Gilot pertenecía a la clase media-alta de la sociedad francesa y eso para Picasso era como un imán apoyado cerca de las virutas.


Pese a la oposición de su abuela –una mujer de carácter, influyente y con mucho dinero–, la joven asistía regularmente al estudio del malagueño para dejarse pintar y dejarse mostrar. La relación con Dora entraba en su etapa final, y aunque seguía con ella veía a Marie-Thérèse Walter –aduciendo que era para ver a su hija Maya– y inteligente y decidida jovencita. Monógamo por naturaleza, no se trataba que él no renunciara a su pareja anterior para reemplazarla por la siguiente, sino que a sus mujeres les resultaba imposible renunciar a él.


Con Françoise, cada sesión de pintura, terminaba en un revolcón en la cama. Picasso tenía sesenta y dos años, y esa jovencita que apenas había pasado los veinte lo revitalizaba. Y es ella misma quien explica al Minotauro, recurrente en toda la pintura de ese tiempo, usando las palabras de su amado: “Mira Françoise: Un Minotauro guarda a su lado a muchas mujeres y las trata siempre muy bien, pero reina sobre ellas por el terror. Así que ellas terminan alegrándose de que este muerto. Un Minotauro no puede ser amado por sí mismo, eso cree él. Le parece que eso es imposible. Tiene cara de pensar que ella no puede amarle sencillamente porque es un monstruo”.

En 1945, se la llevó a la Costa Azul, en Antibes, donde la joven encontró para él el vetusto Palacio Grimaldi, abandonado. Hacía muchos años que Picasso soñaba con habitarlo para pintar allí. Le llevó varios meses acondicionarlo para transformarlo en su taller. En el Palacio Grimaldi pintaría “La alegría de vivir” y toda la serie de faunos con un entusiasmo muy especial porque, como declararía públicamente: “Cuando se es joven, se es joven para siempre”. Dora Maar ya había quedado en el recuerdo, habitando una casa en el Mediterráneo que el artista había comprado para ella.
Françoise, como Dora y las anteriores mujeres, cometió un error: vivir para Picasso, por Picasso y en función de Picasso que no era un hombre dominante, pero terminaba dominando; que no le importaba dar órdenes, pero las daba. Dejar la pintura fue otro paso en falso.
Vivió con él entre 1943 y 1952. En 1947 nació Claude y en 1949 Paloma, pero un año después el deslumbramiento que había sentido por el artista deja paso al disgusto que le producía su carácter y su genio.

Natascha McElhone (Françoise) y Anthony Hopkins (Picasso) intérpretes de
“Sobreviviendo a Picasso”, un filme de James Ivory

La relación clandestina con “la chica de los miércoles” –Genevieve Laporte–, cuando el pintor estaba a punto de cumplir setenta años no fue para Françoise tan importante como se cree, porque su problema más grande era otro: sabía que la relación estaba deteriorada y le costaba aguantarlo en la casa de la Costa Azul. Le fastidiaba la continua peregrinación de turistas –especialmente españoles–, que querían saludar al artista del antifranquismo. No soportaba ni a Camilo José Cela, ni a Rafael Alberti ni a los obsecuentes y menos aún a Marie-Thérèse con Maya y a Olga con Paulo, que además de hijo seguía siendo el chofer de la familia. La vida en la villa de verano se había transformado en un infierno.

El día que le dijo que no podía ni quería pasar el resto de su vida junto a un monumento histórico, y que estaba harta de su fama, fue el final. En 1953, antes de regresar a París, acompañada por unos amigos, le anunció que se iba para siempre. Picasso, despechado, intolerante y herido, la echó de la casa.
Para mitigar su soledad, solo en su estudio, comenzó a dibujar a Genevieve Laporte. Un clavo saca a otro clavo. A los pocos días apareció Genevieve como si hubiera escuchado su llamado. “La chica de los miércoles” venía a llenar un hueco entre Françoise y Jacqueline Rocque , que Picasso había conocido cuando era niña, pero que ahora tenía treinta, era divorciada, tenía una hija y estaba dispuesta a transformarse en su más abnegada compañera... A cualquier costo.

 
Publicado por Silvia a las 05:00

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