Si es cierto que los ojos de una mujer son el espejo de su alma; sus manos el reflejo de su carácter y su cuello la mística de su persona, las piernas de la mujer son, para mí, las columnas que sostienen ese maravilloso conjunto y, a la vez, la entrada a ese cañadón donde invariablemente nos encontramos con sorpresas maravillosas.
Aunque no suelo encarar los post desde una mirada intimista como suele hacerlo Silvia, algo me provocó hoy a escribir de esta manera. Y es que en el transcurso de un viaje en subterráneo, vi unas piernas de mujer.

¿Qué las hay muchas? Claro que las hay. Pero tapadas. O terminadas en esos zapatos modelo medieval que están de moda. O con los pies calzados en zapatillas de modelo futurista o, incluso, en modelos mucho peores y más deslucidos, producto de la moda vístete-como-se-te-de-la-gana, y especialmente con harapos, con la cintura y buena parte de la panza al aire en pleno invierno, pero con un echarpe propio de Novosibirsk, en Rusia.
Hace mucho tiempo que no veía a una mujer con polleras, medias y tacos altos.
Hoy la vida me premió con una.
Quizás habría pasado los cincuenta –no lo sé–, pero era una mujer extremadamente atractiva. Una mujer que tenía el don del glamour, y lo sabía.

Pollera de cuero –lo suficientemente corta como para mostrar ese estupendo par de piernas, lo suficientemente larga como para no caer en el ridículo–, medias negras, zapatos de tacón recto.
Cuando logró sentarse, cruzó las piernas de esa manera tan especial que tienen algunas mujeres con un innegable savoir faire –una pierna trabada detrás de la otra–, que me permitió observar con detenimiento esos muslos tersos prometedores de secretas delicias; las rodillas armoniosas, la sutil frontera que demarca el límite con las pantorrillas perfectas de gemelos exquisitamente torneados y que desembocaban en unos tobillos finos y dignos del cincel de Praxíteles. El conjunto terminaba en unos pies que –calzados con esos zapatos de mujer–, se adivinaban como dignos de ser acariciados.
Ella durante todo el trayecto se enfrascó en la lectura de un libro. Yo, en la contemplación de sus piernas, entre tanto pantalón caído, pantalón de gimnasia, pantalón de bocamanga ancha como se usaba en los años setenta y pantalón hecho un bollo sobre las zapatillas.
Todo el trayecto mirando esas piernas y recordando otras épocas, cuando las mujeres lucían sus piernas y sabían seducir con sólo cruzarlas.
Unas piernas de mujer, vamos. ¿Es necesario explicar algo más?
PD: Les ruego me disculpen el atraso, pero unos problemillas con el buscador, impidieron cargar el post hasta esta hora.