Habitualmente ordenada casi hasta la obsesión, ese viernes dejó todo el instrumental en la bandeja, que se ocupara Gladis. Hizo las últimas anotaciones en la ficha de ese último paciente y cuando sintió que ya no le ardían las mejillas y sus impulsos primarios le devolvieron parte del control de sus emociones y su cerebro, abrió la puerta y se asomó al salón de recepción.
–Me voy, Gladis –dijo.
–¿Se va a pasar el fin de semana a casa de sus padres? –preguntó la mujer, sin quitar los ojos del monitor de la computadora.
“¿Y a vos qué te importa?”, la respuesta malhumorada le cruzó por la cabeza, pero no abrió la boca. No hubiera sido justo. Gladis era eficiente, seria, responsable y reservada.
–Sí –contestó, con esa parquedad de palabras que a veces hasta a ella misma la fastidiaba y se encerró en el baño para cambiarse. Si había algo que detestaba era que alguien quisiera husmear en su vida privada y aunque no era el caso, en ese momento dadas las circunstancias, se molestaba por todo.
Se quitó las zapatillas blancas de tenis y las acomodó en el lugar que ella reservaba para el calzado en el placard del baño. El pantalón del ambo color borgoña, era para lavar. ¿Por qué usaba ese y no el verde o el blanco? Cuando se quitó la chaqueta, quedó frente al espejo en ropa interior. Con la bombacha todavía mojada, claro.
Miró su propia imagen en el espejo, y aunque tenía un cuerpo armonioso, cintura fina, caderas proporcionadas y largas piernas bien torneadas, se veía mal, fea, horrible. Aunque sus pechos eran firmes, erguidos tersos y armoniosos, sentía que no eran atractivos. Nicolás le repetía una y otra vez que tenía tetitas de nena. Ese tarambana parecía tener el poder de hacer que se sintiera insegura.
Y si en una relación amorosa una mujer se siente insegura es porque no cree ser merecedora del amor, o porque su pareja no aprendió a hacerla sentir segura. ¿Importaba por qué padecía esa inseguridad? Lo que realmente importaba era que no podía mostrar su verdadero lado femenino, hecho que activaba automáticamente su lado masculino y era entonces cuando se ponía insoportable y todo se iba al traste.
Tetitas de nena. Ja.
En ese rapto alucinado de fantasía, el hombre imaginario que la tomaba en su propio sillón, sabía cómo se deben tratar unas “tetitas de nena”. Ahí, frente al espejo, y mientras su imaginación desbordaba de deseos insatisfechos, tomó una con cada mano y las sopesó. No eran gran cosa, cierto, pero las tenía muy sensibles. Los pezones se le endurecieron en el acto, apenas deslizó los dedos sobre en encaje del sujetador.
Como la mayor parte de las mujeres, y aunque era una linda mujer, se sentía fea. Por ejemplo, tenía demasiado vello, lo sabía. En los antebrazos y en las piernas. Luchaba a brazo partido el vello de su cuerpo. A tal punto su obsesión, que no pasaba semana que no tuviera su turno de depilación reservado. Y donde más vello tenía era en el monte de venus. Una verdadera mata oscura y ensortijada de vello oscuro. Estiró el elástico de la bombacha y se miró. Una selva. Deslizó una de sus manos debajo del elástico de la bombacha y sus dedos rozaron el vello y la vulva. Tuvo que esforzarse en no seguir con el roce porque sabía que si seguía jugueteando con los dedos un instante más, no iba a poder parar. No le seducía la idea de masturbarse allí de parada, en el baño de su consultorio.
Como tenía que encontrarle una explicación racional al asunto, se dijo que todo era a consecuencia que Nicolás no había querido tener relaciones la noche anterior, sin pensar qué le pasaba a ella ni importarle lo que ella quería. Como si esto fuera poco, para el fin de semana presagiaba soledad porque él le había anunciado que tenía partido de fútbol –¡Dios! ¡Cómo odiaba el fútbol!–, y no iba a poder verla ni el sábado ni el domingo.
Por eso lo que tenía por delante era un fin de semana en casa de sus padres.
Estaba harta de esa situación. Iba a tener que hablar con él y tomar una determinación. Sí, eso mismo. O empezaba a ocuparse más de ella y de la relación y dejaba el maldito fútbol o... ¿O qué? ¿Se iba a atrever a sacárselo de encima?
Buscó la percha con la ropa dentro del placard y comenzó a vestirse.