Colección Voyeur

Sábado 10 de Septiembre de 2005
MOMENTOS (2)

–Puede hacerse un buche –dijo.
“Por Dios, ¿qué me pasa?”, pensó.
Dejó sobre la mesa metálica el espejo con el que había estado mirando dentro de la boca del paciente y se restregó con nerviosismo las manos en el bajo de la chaqueta del ambo de cirugía.
Sentía que alguien le había prendido fuego a sus mejillas, debajo del barbijo de cirugía. Sabía que debían verse enrojecidas como brasas encendidas. Como cuando era una adolescente y le quería mentir a su padre, pero no podía evitar que el inconsciente, ese maldito insobornable que vivía en algún lugar dentro de su mente, la delatara. Gotitas de transpiración le humedecían la piel sobre el labio superior y tuvo que pasar con disimulo el dorso de la mano por la frente para que no se notara que la tenía mojada.
También sentía mojada la bombacha, entre las piernas y por eso se sintió abochornada.
“Pero ¿qué me pasó?”, insistió su voz interna consciente.
“Te calentaste”, le contestó otra voz, la del insobornable.
Y estaba en lo cierto. Durante un rato, o por un instante –no hubiera podido precisarlo–, se había entregado a una fantasía o la fantasía la había tomado por asalto, o lo que fuere. El hecho es que se había pegado un viaje de sensaciones como no recordaba haber tenido otro desde que era una adolescente.
Ahora venía el momento en que ella se quitaba los guantes y el barbijo y despedía al paciente con un apretón de manos. No se quitó el barbijo por miedo a delatar su turbación ni los guantes, porque sentía las manos transpiradas, como cada vez que se ponía nerviosa.
“¿Nerviosa?” –susurró la voz insobornable, irónica–. “¿No será caliente en vez de nerviosa?”
Mirando de soslayo, vio cómo el paciente se enjuagaba la boca, obediente.
La doctora Diana Denti –notable apellido para una dentista–, se paró detrás de la cabecera del sillón y le desprendió el broche del babero de papel. Antes de incorporarse, el hombre pasó el borde del babero con suavidad por sus labios. No los sentía. Lógico, cosas de la anestesia.
Ella le retiró el pechero, lo dejó a un costado y accionó el pedal para levantar el respaldo del sillón que se elevó con un Sssssss de aire comprimido.
Cuando el paciente se incorporó, tenía cara de pocos amigos.
Como la mayoría de los pacientes que pasan por el sillón del dentista, por cierto.
No se atrevió a mirarlo a los ojos, por temor a que el hombre leyera en los suyos la confusión y la turbación que sentía, de modo que le dio la espalda y escribió en la ficha clínica. Maxilar inferior, limpieza general inicial como parte del tratamiento. Piezas dentales que faltaban. Esas cosas de dentistas.
Un rato antes, ni bien le había abierto la boca por primera vez, se dio cuenta que ese tipo debió descuidar su boca por desidia o la mamá no le había enseñado a cepillar bien los dientes cuando era chico y ahora tenía un serio problema que lo iba a obligar a sentarse varias veces en el sillón y abrirle la boca a ella.
Era la primera vez que lo atendía, y ya sabía – quizás presentía era el término más adecuado–, que iba a ser un paciente difícil. En su manera de ver las cosas había dos tipos de personas: los pacientes que le hacían las cosas fáciles y los pacientes difíciles. Dado el libre albedrío, los pacientes podían optar, a ella le daba lo mismo. De todos modos, terminaban en sus manos, entregados y con la boca abierta.
“Como te entregaste vos hace un rato”, otro murmullo sibilante de la voz insidiosa.
Pacientes fáciles o pacientes difíciles, claro. Sí, que te la creas. Porque ese hombre era diferente y eso, a la doctora Diana Denti la ponía de muy mal humor. Porque, para ser sinceros, tenía que reconocer que ahora, además de tener la bombacha mojada y sentirese un poquitín excitada –aunque la excitación se estaba retirando de a poco–, estaba de pésimo humor.
¿Qué tenía de distinto ese hombre que la fastidiaba tanto? O lo que le estaba estropeando la tarde y el humor era no saber qué le pasaba esa tarde de invierno a esa hora en la que el crepúsculo no la ayudaba para nada.
–Lo espero el jueves –dijo, sin tenderle la mano todavía enguantada–. Gladis le va a reservar el turno.
–El jueves –asintió el hombre, pero el sonido que salió de su boca fue más bien parecido a eh huees. La anestesia lograba maravillas con las palabras y con la dignidad de algunos hombres.
Con Nicolás, ese idiota carilindo que tenía por novio, había pasado lo mismo. Lo había conocido ahí, en ese mismo sillón, como paciente.
–Buenas tardes –dijo.
–Buenas tardes, doctora –contestó, muy circunspecto el paciente, que debía darse cuenta que del otro lado se escuchaba algo así como: Ueas daees dohoa. Ridículo.
Abrió la puerta del consultorio y se aseguró que el tipo estuviera balbuceando delante de su asistente, reservando un nuevo turno, antes de cerrarla. Entonces, ya sola, masculló una guarangada –le resultaba imposible hacerlo en voz alta aunque estuviera a solas–, antes de sacarse el barbijo y los guantes.
Pero no podía sacarse ahí la bombacha, que seguía sintiendo mojada.

(continuará)

 
Publicado por Monserrat a las 04:59

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