Colección Voyeur

Jueves 08 de Septiembre de 2005
La bella Otero

Agustina Otero Iglesias –o Carolina Rodríguez–, conocida en todo el mundo como La Bella Otero, nació en Valga, España, el 4 de noviembre de 1868 bajo el signo de Escorpio y pasó a la historia como una celebridad por su hermosura, que la hizo famosa en toda Europa como una de las cortesanas –¿merece que se la llame prostituta?–, de la Belle Époque, sin duda alguna una de las mujeres más destacadas en los círculos artísticos y galantes del París de principios del siglo XX.
Hija de madre soltera que no se ocupó de ella, menos aún de su educación, a los diez años padeció una agresión sexual –nada fuera de lo común en la España de fines de siglo XIX–, razón por la cual cuando aún no había cumplido los once años huyó de su casa y nunca regresó a Valga, su pueblo natal.
Después de fugarse de su pueblo, cambió su nombre de pila Agustina por el de Carolina. Se ignora qué hizo para sobrevivir, pero se sabe que a los trece años trabajaba en una compañía de cómicos ambulantes venidos de Portugal.

Aproximadamente a los diecisiete años abandonó a los portugueses y se dedicó a bailar en tascas de mala muerte. Seguramente ejerció la prostitución, posiblemente hasta la mendicidad en cualquier lugar de esa España contradictoria y falsamente moralista que había tenido una reina que elegía amantes como diamantes mientras el pueblo llamaba “Paco Natillas” a un rey que nunca lo fue.
Había cumplido veinte años cuando conoció en Barcelona a un hombre de pro, un banquero que primero la probó y luego la quiso promocionar como bailarina en Francia. Con él viajó a Marsella y, cuando conoció el ambiente y se sintió segura abandonó al banquero y se dedicó a promocionarse a sí misma. Poco tiempo después era una bailarina conocida en toda Francia, y había conseguido nombre propio: La Bella Otero .

Aunque no era una bailarina profesional y su actuación era producto más del instinto que de la técnica, su danza –una mezcla de estilos flamenco, fandangos o danzas exóticas– la hizo célebre, casi tanto como su origen. La Otero no dejaba de poner énfasis en su origen español, que por aquellos tiempos resultaba exótico para los franceses.
En canto se reveló como competente y descolló como actriz, actividad para la que parecía tener cualidades de nacimiento. Estas características le permitieron interpretar ciertas obras de prestigio como “Carmen”, de Bizet y algunas piezas teatrales como “Nuit” de Nöel.
Claro que llegar a las tablas no le resulto ni fácil ni gratis. Su ascenso en el mundo artístico le debe haber pagado con muchas noches de concesiones sexuales que sólo ella sabrá cuánto le costaron. Pero como su objetivo era claro, terminó siendo amante de hombres influyentes, famosos y algunos muy poderosos entre los que se cuentan Leopoldo de Bélgica, el káiser Wilhelm y Alberto de Mónaco . Para entonces ya había comenzado a amasar una inmensa fortuna.

En 1890, cuando apenas tenía veintidós años, llegó a hacer una gira por todo el mundo y fue aplaudida en Nueva York, aclamada en Buenos Aires y agasajada en la Rusia de los zares, donde llegó a conocer al influyente monje Rasputín quien la presentó discretamente al Zar quien, deslumbrado por su belleza y cautivado por su sensualidad no dudó en ser su amante.
La Bella Otero actuó durante muchos años en el Folies Bergères de París, donde llegó a ser la estrella principal, así como en el Cirque de Eté. No es desatinado afirmar que fue la primer artista española que ganara fama internacional, aunque ella nunca dejó la actividad de cortesana para aumentar sus ingresos. En la Belle Époque no era inusual que los poderosos pagaran sumas desorbitadas por gozar de los favores de esas cortesanas de lujo. Alfonso XIII de España, Eduardo VII de Inglaterra y Cornelius Vanderbilt también le retribuyeron generosamente sus favores sexuales. De todos ellos sólo con Aristide Briand, el político, tuvo una intensa y entrañable relación hasta la muerte de ese hombre de estado.

De una manera o de otra la Otero llegó a reunir una fabulosa fortuna –calculada en unos 550 millones de dólares al cambio actual–, que dilapidó en los casinos de Montecarlo y Niza. Es que, como suele suceder en esta vida, parecía estar condenada a la miseria en la que había nacido. Jugadora compulsiva –padecía de ludopatía, quizás porque los escorpiones terminan clavándose su propio aguijón–, perdió esa inmensa fortuna y se retiró de los escenarios en 1910, aún muy joven de edad, pero ya vieja y gastada para seguir conquistando corazones masculinos.
Pasó sus últimos años en Niza hasta su muerte en 1965. Cuando falleció estaba arruinada, sola y vivía en una pensión del casino de Montecarlo, que le habían cedido a manera de agradecimiento por los millones de francos que dejó en sus mesas de juego.
Por supuesto, nunca se casó. Si amó a hombre alguno, se ignora.
Personalmente la vida Agustina Otero Iglesias, Carolina Rodríguez o La Bella Otero –¿qué más da el nombre?–, me provoca una profunda tristeza.

 
Publicado por Simon a las 04:57

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