Colección Voyeur

Viernes 09 de Septiembre de 2005
Marie-Thérèse: el amor adolescente

Soy Marie-Thérèse Walter. Cuando Picasso me atrapó, yo tenía
solo 17 años. Estuve siete con él y le di una hija, Maya.
Dicen que fui la más sensual, cariñosa y dulce

Cuando Picasso conoció a Marie-Thérèse Walter en las cercanías del metro de las galerías Lafayette, en 1927, era una jovencita de apenas 17 años suiza, rubia, hermosa, alegre, saludable, adolescente, deportista, de trato suave, casi despreocupada, para nada exigente, afectuosa, desinteresada y anticonvencional. Diríase que era la antítesis de Olga Koklova, cuyas relaciones con el malagueño ya se habían resentido a tal punto que aunque seguían casados y viviendo juntos, si se dirigían la palabra era para agredirse.
Picasso la vio y se prendó de ella y le prometió que ambos podrían hacer muchas cosas juntos. La jovencita fue para él un hálito de frescura, una brisa limpia y vital, y no le fue fácil empezar esa relación, puesto que él tenía casi cincuenta años y la joven suiza era menor de edad. Ese año en que conoció al pintor, hacía de monitora en deportes en un campamento de niños, y para encontrarse Picasso debía ir de noche al campamento para encontrarse furtivamente en la tienda de campaña en la que ella vivía.
Había nacido en 1909 y con el paso del tiempo se transformó en una mujer digna de ser admirada, que no vacilaba en mostrar su afecto y que devolvió la paz al pétreo corazón del pintor, con el que solía caminar tomada de su mano. Por ella Picasso cambió su pintura: abandonó el cubismo y el surrealismo, duros y crispados, para mostrar formas más sensuales, tiernas, eróticas, redondeadas y suaves.

Quizás por cuestiones de la moral de la época Marie-Thérèse algunos de los biógrafos del pintor no la valoraron, aunque parece ser cierta la frase que se le atribuye al pintor, respondiendo a alguien que criticaba la diferencia de edades entre él y su modelo: “Un hombre tiene siempre la edad de la mujer a la que ama”.
No queda duda que durante esos años, el erotismo es el principal leit-motiv de su obra y de su manera de ver el mundo. “El arte no es casto. Se debería prohibir a los ignorantes e inocentes. Si es casto, no es arte”, es otra de las frases que se le atribuyen, y podemos creer que efectivamente la debe haber dicho.
Personalmente no tengo dudas de la veracidad de la respuesta que le diera a un historiador que le comentó que debía dictar una conferencia sobre arte y sexualidad: “Es lo mismo”, le contestó Picasso.
Por supuesto que ocultó a Olga su nueva relación. A los pocos meses de conocer a esa chiquilla dulce, cariñosa, sensual tan incansable para posar como para el sexo, le compró en secreto un apartamento en la rue La Boetie, cerca de la casa donde vivía. Para verla y estar con ella era capaz de cualquier cosa y de inventar los trucos más disparatados como, por ejemplo, aprovechando que la joven sabía conducir automóviles, la disfrazaba de chofer, con ropa de hombre, para poder viajar con ella a cualquier parte.

Muy pocos conocían su relación con Marie-Thérèse. Apenas lo íntimos como el escultor Julio González con quien solía trabajar en el castillo de Boisgeloup, un pequeño château que había adquirido en 1931, y en el que se dedicaría especialmente a la escultura teniendo a la jovencita suiza como modelo y amante.
Como no conseguía divorciarse de Olga y necesitaba estar junto a la joven –con quien pretendía casarse–, se la pasaba urdiendo planes cada vez que tenía que viajar con su esposa legal. Por ejemplo, enviar a su discreta y cariñosa amante en tren hasta la Costa Azul, habiendo reservado ya una habitación para ella en un hotel modesto cercano a la suntuosa casa en la que pasaba sus vacaciones con Olga y Pablo, su primer hijo.
Marie-Thérèse se había transformado en algo más que su modelo y su amante: era la fuente de inspiración que necesitaba para sus obras. A través de ella buscaba –porque sentía que lo necesitaba–, un cambio. Y a tal punto lo hizo que durante la siguiente década le hizo centenares de retratos.

Los más cautivadores de entre todos ellos son los que muestran las formas curvilíneas y orgánicas, que producen una sensación de lirismo y el ritmo le quita el aliento al espectador. El cabello dorado y el rosa de la piel vibran como las cuerdas de un violín, resaltados por la ropa en la más variada gama de azules y morados.
Una de las preferencias de Picasso era pintar a Marie-Thérèse dormida. Es en uno de esos cuadros donde el sillón debajo de ella parece a punto de incendiarse. O en otro, el el cual una palmera sale en remolino de la parte inferior de su cuerpo, mientras que en un tercero el sol repite las redondeces del cuerpo de la joven, durmiendo desnuda, como si la tomara por fuente de luz y color.
Para Picasso en Marie-Thérèse siempre anida el misterio. Quizás en esa forma que tiene de curvarse sobre sí misma, logrando que emane de ella una armonía tal que es imposible de asir. Observar los cuadros que pintó para ella constituye una experiencia única e irrepetible. Yo misma lo pude comprobar en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Esos cuadros, desprovistos de subjetividad, la muestran de una manera tan especial que se nos antoja definirla como una melodía de intimidad. ¿Sería consciente de ello esa jovencita suiza dulce y tierna?

Con ella Picasso no sólo es infiel a la Koklova sino que tontea con lo prohibido, abandonándose –quizás por única vez en su vida–, a una pasión más de bestia que de hombre. Como aprendí algo de lo que significa interpretar una obra, esa pasión bestial justifica al Minotauro. Picasso, en su medio siglo, vive esta apasionada relación no sin angustia y gran culpa. Y es que ha liberado a sus instintos. Ha dado rienda suelta a la bestia que anida en cada uno de nosotros, porque en esa suerte de liberación restañaba las heridas –y se tomaba venganza al mismo tiempo–, del mundo de convenciones, apariencia, etiqueta e impecabilidad en el que había tratado de instalarlo su ambiciosa y pretenciosa esposa rusa.
En 1935 sucedió lo previsible: Marie-Thérèse, que había quedado embarazada, da a luz una hija: Maya.
Picasso no estaba hecho para la vida hogareña, la rutina cotidiana, el llanto de una criatura ni el olor de los pañales. Otra vez necesita un cambio. Una cosa era la aventura de verse a escondidas, el peligro de ser descubiertos, el abrazo fugaz y el sexo prohibido, y otra muy distinta es tener a Marie-Thérèse en casa todos los días y en esos momentos tan especiales, cuando el malagueño está desolado por la Guerra Civil Española.
Necesitaba un respiro y disponer de su tiempo. Por eso envió a Marie-Thérèse a que viera a su madre y a Maya para que estuviera con su abuela y él volvió al ambiente bohemio de París, a frecuentar al grupo de amigos del surrealismo, y solo volvió a verla de vez en vez, hasta el olvido.
Naturalmente, su cambio de actitud se refleja en su forma de pintarla.

Fue Paul Eluard –que había sustituido a su anterior mujer: Gala, por una nueva: Nush–, quien una tarde en uno de los café de la rue Saint Germain le presentó a una hermosa joven de cabello negro, rostro delicado, seria, aparentemente tranquila, y con la cara iluminada por unos brillantes e inquisidores ojos verdes: Dora Maar.
El 20 de octubre de 1977, cincuenta años después de haberlo conocido, Marie-Thérèse Walter, cincuenta años después de haberlo conocido y cuatro años después del fallecimiento de Picasso, el 20 de octubre de 1977, se ahorcó en el garage de su casa de Juanles-Pins..
Tenía sesenta y ocho años de edad y el fantasma de Picasso le impidió tener vida.
En su carta de despedida a su hija Maya se hizo alusión a un impulso irresistible:"Tienes que saber lo que su vida significaba para ella –escribiría Maya después–. No fue solamente su muerte lo que la llevó al suicidio; fue más, mucho más que eso... La relación entre ellos era una locura. Ella creía que tenía que cuidar de él, incluso después de muerto. No podía soportar el pensar en que él estaba solo,  solo, con su tumba rodeada de gente que no podía darle probablemente lo que ella le había dado".

 
Publicado por Silvia a las 05:00

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