Colección Voyeur

Sábado 03 de Septiembre de 2005
MOMENTOS (1)

por Murron O´Connor

Seguía con el barbijo quirúrgico puesto.
Lo que en otro momento le hubiera resultado ridículo, ahora no le importaba. El hombre la había tomado tan de sorpresa, que ni siquiera había tenido tiempo en quitarse el barbijo, y apenas si pudo sacudirse los guantes de cirugía de las manos.
Dejó escapar un profundo quejido cuando las manos de él le aprisionaron los pechos. La boca eligió el derecho y se adueñó de él. Suspiró de gozo, le rodeó el cuello con sus brazos y acarició el cabello canoso y fino del hombre, los ojos entrecerrados, abandonándose a la sensación de esos labios concentrados, ahora, en su pezón derecho, erguido y tenso. La lengua de esa boca maravillosa cabriolaba alrededor del pezón y la caricia le envió una señal inequívoca a la entrepierna, que se humedeció en el acto.
De alguna manera se habían invertido los lugares, y ahora era ella la que estaba en el sillón reclinable que fue descendiendo hasta quedar casi horizontal. Entregada a la brutal excitación, el cerebro algodonoso y la respiración entrecortada lo dejó hacer, porque confiaba que él sabía lo que a ella le gustaba y ella presentía  qué iba a pasar a continuación y lo quería.
Todo fue tan repentino que no se había dado cuenta en qué momento el desconocido le había quitado el ambo color borgoña y la había dejado sólo con su bombacha de encaje y las medias blancas de deporte, desnuda y vulnerable, sentada sobre sus rodillas, mientras esas manos hábiles la recorrían. Un instante después, ella estaba en el sillón, estirada, dejándose hacer  y las manos mágicas le estaban quitando la bombacha, mientras la boca, que había dejado por el momento los pequeños montículos duros y erguidos que eran sus senos, había empezado a bajar por su pecho y su vientre, buscando ese punto húmedo y encrespado que ya se había hinchado y latía, adelantándose a lo que se avecinaba.
La boca del hombre se adueñó de su sexo sin que ella pudiera hacer nada más que abrir las piernas y dejarlo hacer porque le gustaba que le besaran el sexo y porque si lo dejaba hacer, iba a recibir el premio mayor.
El pulso se le aceleró, el corazón empezó a golpearle con fuerza el pecho, y el cerebro se le llenó de algodón. Se le erizó todo el vello de su cuerpo como el pelaje de una gata alzada. Ya. Ya lo sentía venir. Crecía dentro de ella en algún lugar que no podía precisar, porque su sistema nervioso se había puesto en automático y ya no podía registrar ni racionalizar nada.
Iba a tener el orgasmo más brutal y maravilloso de su vida.
Hizo un amago de incorporarse, porque quería ver. En el sexo –como en la profesión–, no era pasiva.
–Acuéstese –le ordenó el hombre.
Ella se sintió molesta, pero volvió a tenderse en el sillón. Porque le gustaba ser activa y, al mismo tiempo, que el hombre la sometiera.
–Abra las piernas –dijo él.
Obedeció.
La sujetó por los tobillos y le acomodó los pies en los apoyabrazos. Se sintió como si estuviera en un en sillón ginecológico y le gustó.
Estaba parado frente a ella y así la penetró y se movió con rapidez dentro de su vulva, con un movimiento a la vez brusco, deliberado y experto que la hizo tensar más las piernas y clavar las uñas en los costados del sillón.
Brusco, pero le gustaba así. Entreabrió la boca, respirando entre jadeos.
–¡Ah, qué rico! –dijo en voz baja, gutural, y se abandonó para lo que sabía que iba a suceder.

(continuará)

 
Publicado por Monserrat a las 13:00

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