Opina una buena amiga mía que en nuestro tiempo el adulterio ha cambiado de sentido, y son más las mujeres infieles que los hombres engañadores. Ella sabrá, puesto que es mujer.
De alguna manera estamos dados a creer que esto no fue así en otras épocas. Había que ver las penas que se aplicaban a las mujeres que le ponían los cuernos al marido en el Medioevo, que podía llegar –en el siglo XIV–, a llevarla a la hoguera para que pudiera sentir en carne propia lo mismo que un bife en un horno de microondas. El hombre, por su parte, podía llegar al extremo de perder la cabeza –literalmente hablando–, puesto que el castigo era la decapitación, para el adulterio que se cometiera entre parientes. Lo que no impidió que del Renacimiento en adelante, el incesto fuera perpetrado en todas las clases sociales. Especialmente en las más altas, dado que como lo dijera un lúcido mafioso: cuanto más se sube en la escala social, más corrupción se encuentra. Y bien que sabía de lo que hablaba.
Es decir que las relaciones extramatrimoniales, no por prohibidas, eran menos practicadas. En todos los tiempos se cocieron habas. Mi buena amiga opina, que a más prohibición, más deseo y desde ese punto se puede comprender que por más que los castigos que se infligían a las mujeres eran en extremo crueles, las féminas se privaran de permitir y franquear el acceso del tálamo nupcial a otros señores que no eran, precisamente, su dulce maridito.

Escena de adulterio, miniatura francesa, circa S. XV
De hecho, toda mujer casada encontrada con las manos en la masa –por llamar de alguna manera esa parte de la anatomía del hombre–, en primer lugar perdía su dote en beneficio de su marido ultrajado, porque la virtud es importante, pero los dinerillos más aún. En segundo lugar, por lo general era azotada en público y expulsada de la casa conyugal, en el mejor de los casos. Porque si tenía la mala suerte de habérsele montado entre ceja y ceja a alguien, también podía ser expulsada de la ciudad en la que vivía.

Venganza de marido ultrajado, miniatura francesa S. XV
(Castillo de Chantilly, Francia)
Las cosas llegaron a tal punto que en algún momento se salieron de madre, y se llegó a justificar el asesinato del amante y la adúltera, aduciendo la defensa de la honra y el buen nombre del marido ultrajado y ofendido.
Pero como el ser humano es el único entre todo los animales a quien le basta que le digan “esto no se debe” para que inmediatamente quiera hacerlo, y pese a las penas antedichas, el adulterio era frecuente.
Aunque resulte difícil de concebir, y aunque un matrimonio no podía ser disuelto, no eran inusuales las separaciones “de mutuo acuerdo”, tal como lo prueban unos documentos fechados en 1431, ante el notario de la ciudad de Parma, en el cual se deja constancia que una señora de su casa, oriunda y residente en Roma llamada Pasquina Meteoli, de común acuerdo con su marido, Simone de Matrezzo, de profesión tejedor, decidieron en su momento la separación de cuerpos y bienes, debido a las continuas diferencias que se sucedían en la vida cotidiana que terminaban cuando la signora le arrojaba objetos contundentes a la cabeza a su esposo y él le propinaba, en devolución, unas palizas de órdago. Ambos, por su voluntad, y ante esta situación, acordaban vivir en lugares diferentes hasta calmar los ánimos. El documento es cuanto más curioso, en mérito a que en la época el maltrato físico a la mujer era aceptado por las autoridades y considerado como usual, ya que –como lo explicitaba el llamado Protocolo de Brescia, fechado en 1378–, aplicar un castigo a la mujer “de forma honesta y justa, con el consentimiento jurídico, según la costumbre de los hombres de bien para corregir y castigar a sus buenas y honestas consortes”.
Lo que no constituía un impedimento para que cuando el señor de la casa se marchaba por la puerta, por la ventana entrara el furtivo visitante de turno.
Corolario: nada hay de nuevo bajo el sol.