Como dijo Aristoteles, cosa es verdadera,
que el hombre por dos cosas trabaja, la primera
por haber mantenencia, la otra cosa era
por haber juntamiento con fembra placentera
Arcipreste en Hita, circa 1502
Durante siglos, con un admirable manejo del eufemismo, se justificaron los abusos sexuales de los conquistadores con las indias y con las esclavas, que fueron considerados como “intercambios corporales venusinos”, que por supuesto no hacían referencia al planeta, sino a la diosa griega.
Especialmente en los puertos de mar, cosmopolitas y lugares estratégicos en el tráfico de mercancías y esclavos, parecen haber sido los portugueses los que primero aprovecharon la naturalidad con la que los nativos tomaban las relaciones sexuales, cambiando literalmente –como lo muestra la ilustración fechada en el siglo XVI–, sexo por espejitos.

Esta actividad fue, quiérase o no, por la cúpula de la iglesia que consideraba que los puertos de las nuevas tierras no eran, precisamente claustros de piadosas monjas de clausura y que las cosas “son como son”, tal cual lo expresara un clérigo, para quien parecía comprensible que la carne fue y será débil y que era inútil luchar contra el pecado o mostrarse recatado para salvar el alma.
En la historia de la conquista de América han existido famosos abusadores sexuales y parece haber sido Domingo Martínez de Irala uno de los más despiadados, además de traidor a quien fuera su patrocinador y comandante, Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien lo había perdonado y salvado de la pena capital por las arbitrariedades y excesos cometidos durante la conquista.
Luego de haber escapado del cadalso, en septiembre del 1543, Irala partió de la ciudad que él mismo había fundado con el nombre de Puerto de los Reyes, con rumbo al Perú en busca de el oro y la plata que constituía el máximo botín al que aspiraban todos los conquistadores. Durante la expedición Irala desobedeció cualquier orden que se le hubo dado y decidió seguir sus propias reglas, sin que nadie frenase su crueldad con los nativos ni las costumbres brutales y licenciosas de sus hombres, a quienes les permitió que llevaran a cabo prácticamente cualquier abuso que les apeteciera. Así fueron violadas no solo mujeres, sino jovencitas y hasta niñas, a las que ni siquiera se las tentaba con chafalonías o baratijas, porque la única ley la constituía el capricho y la lujuria del conquistador.