Colección Voyeur

Lunes 22 de Agosto de 2005
El más licencioso

Giovanni Battista Cibo, cardenal de Santa Cecilia, genovés emparentado con la familia de los Doria, más conocido como el Inocencio VIII, dio comienzo del papado 29 de agosto de 1484. Dos años después, en 1486, sancionó y publicó el Maellus Mafeficarum (El martillo de las Brujas), con la que se trató de descubrir y eliminar de mujeres y hombres, los demonios nocturnos –súcubos e íncubos, respectivamente–, y luego redimirlos.

De carácter débil, dispuesto a tolerar los vicios y la corrupción, sin duda alguna uno de sus errores más patéticos fue la sanción La Bula Summis Desiderantes, del 4 de diciembre de 1484, que tenía poder sobre los procesos de brujería, que no hizo más que acentuar los errores que la Inquisición había ya cometido en este sentido.
Todos los hombres de espíritu elevado del siglo XV –teólogos, filósofos, artistas, literatos y pensadores–, se habían manifestado en contra de la creencia que atribuía a las brujas poderes sobrenaturales. Según esta creencia, esos poderes de las brujas eran el origen de todos los males. Se les acusaba de los crímenes más horribles, de tener relaciones con el diablo, de provocar tormentas desastrosas para el campo, de corromper las almas, de esterilizar el ganado, y de otras cientos de calamidades.

Como si esto no fuera poco, dos años después, en 1486, sancionó el escrito de dos antiguos inquisidores de la orden de los Dominicos –Enrique Institoris y Jacobo Sprenger, ambos alemanes– el Maellus Mafeficarum (El martillo de las Brujas), basado en la bula antes nombrada, que fue publicado por primera vez en Estrasburgo, en 1487, con el que se trató de descubrir y eliminar de mujeres y hombres, los demonios nocturnos –súcubos e íncubos, respectivamente–, y luego redimirlos.
Con esa poderosa arma, las persecuciones en contra de los aliados del diablo fueron tremendas, y la Bula papal las autorizó expresamente, reproduciendo una lista completa de las brujerías y dando crédito de esta manera a las creencias y a los prejuicios populares. Este libro constituyó la autoridad suprema invocada en todos los procesos de brujería hasta mediados del siglo XVII. Tanto en los países católicos como más tarde en los protestantes, las brujas fueron perseguidas y condenadas hasta en el siglo XVIII, como consecuencia, directa e indirecta, de la Bula Summis Desiderantes. El jesuita Federico Spee se levantará más tarde contra estos horrores poco cristianos.
Uno de los errores más incomprensibles de Inocencio VIII fue el de prohibir el Primer Congreso Internacional de Filosofía, convocado por Pico della Mirándola, el genial pensador italiano quien, con solo 23 años estaba decidido a sostener con su fortuna los gastos del Congreso. El conde della Mirándola, dominico a su vez, tenía la intención de leer durante el proyectado congreso su trabajo titulado De dignitate Hominis, en el cual sostenía que Dios había otorgado al hombre la libertad, el poder de elegir su propio destino, que era lo mismo que decir que podía elegir entre sumirse en la animalidad o transformarse en un ser elegido, parecido a los ángeles. Pero el Papa lo prohibió. Más tarde, ya en su lecho de muerte, pediría perdón a los cardenales por no haber sabido cumplir con su deber.
Naturalmente, lo que se omite decir –toda vez que es posible–, de papa cazador de brujas, fue que además de débil, toleró y practicó todo tipo de vicios, no se opuso a la corrupción, y que ya era padre de dos hijos ilegítimos.

En torno a uno de ellos, los historiadores italianos Lioniero Boccianti y Renato Biagioli, aseguran que fue Cristóbal Colón, ya que a los catorce años, cuando vivía en Nápoles allá por 1446, mantuvo una relación con una adolescente tan joven como él, proveniente de la nobleza romana llamada Anna Colonna, unión de la cual podría haber nacido el descubridor de América. Según la opinión de los historiadores, años más tarde, Inocencio VIII consiguió que el niño fuese dado en adopción al comerciante de lanas genovés Domenico Colombo y a su esposa, Susanna Fontanarossa, que se convirtieron en sus padres «oficiales», según aparece hoy en los libros de historia
Como sea, durante su papado se toleraron todo tipo de excesos entre los monjes, y el mismo pontífice fue padre de 16 hijos ilegítimos con varias mujeres. De ahí que su pontificado haya pasado a la historia como La Edad de Oro de los Bastardos.
Poco tiempo antes de que Inocencio falleciera –el 25 de julio de 1492–, el monje dominico Savonarola, de Florencia, levantó su voz contra los abusos y la corrupción, gritando desde el púlpito, en la calle y en todo lugar en el que se juntaba la gente y era seguido por los niños, que  "La espada de Dios amenaza la tierra".
Un viento de pureza parecía haberse levantado en el mundo. El 2 de enero de 1492 había caído el último baluarte de los moros, Granada, y terminaba la ocupación árabe en España. Nueve días después de la muerte del licencioso Papa, Cristóbal Colón emprendía viaje hacia América.

 
Publicado por Simon a las 11:15

Respuestas
Aún sin respuestas.

Tamaño de letra
Sindicación
Publicaciones
Publicidad
 
 
Categorías
Enlaces