Era divorciado.
Por aquellos tiempos, no era tan simple tener un romance con un hombre divorciado. También bastante mayor, pero para mi sorpresa descubrí que tenía algo que hoy podría definir como un magnetismo animal, primitivo y salvaje mezclado con dulzura, la terneza y la sensibilidad de un niño grande.
Era un hombre digno, que se había ganado mi admiración por su caballerosidad, por su educación, por su vastísima cultura. Además, era un excelente y experimentado amante.
Los encuentros, en su casa de hombre solo, eran tan intensos como fugaces, aunque tengo el vago recuerdo que hubo excepcionales fines de semana en los cuales, con la complicidad de dos amigas de esas que están cuando se las necesita, duraban de viernes a la noche a domingo al atardecer. Yo solía marcharme justo a esa hora cuando cae el sol y el ánimo necesita un par de buenas razones para mantenerse sin caer a pico en la melancolía.
Ambos aprovechábamos esos encuentros al máximo, quizás porque –sin decirlo–, sabíamos que cualquiera de ellos podía ser el último. En ese departamento cercano a Plaza Francia, definitivamente, se había instalado con nosotros y como un visitante de lujo, el erotismo en su estado más puro. Con toda la naturalidad de su madurez y con toda la frescura de mi juventud. No sé si era amor o sólo el inconmensurable placer de estar juntos, ni me importa.
Un día de esos, cuando había terminado la ceremonia de los cuerpos, descubrí uno de sus más preciados placeres secretos: observarme mientras yo llevaba a cabo esos ritos que se habían hecho ya cotidianos a fuerza de repetirlos: observarme.
Se calzaba unos jeans desgastados y su sempiterno suéter de cuello
redondo azul en invierno y una camisa celeste cuando no hacía frío, encendía un
cigarrillo y se sentaba en la cama sin decir una palabra. Sólo me miraba.
Me observaba cuando yo me quitaba lo que me quedara encima –si es que él no me lo había quitado todo antes–, y cuando yo me ponía su robe de toalla blanca, antes de ir al baño.
Sentía sus pasos sobre el parquet siguiéndome lo adivniaba, recostado en el marco de la puerta mientras yo llenaba la bañera y echaba las sales. Sus ojos –no puedo olvidarme de esos ojos castaños y mansos–, captaban cada detalle: cuando me quitaba la bata, cuando probaba el agua con el codo, cuando introducía primero la pierna derecha y cuando me sumergía en el agua azulada y traslúcida.
No decía ni una palabra.
Sólo me miraba y fumaba largando el humo por la boca y por la nariz, sosteniendo el cigarrillo entre los dedos índice y medio. Era la mirada de un hombre tierno y, a la vez, la lente de un fotógrafo que registraba cada uno de mis movimientos.
Y después, cuando volvía al cuarto, en varias oportunidades advertí la infinita dulzura con la que registraba cada uno de esos movimientos que, de tan cotidianos, terminan por pasarnos desapercibidas a las mujeres: la forma de levantar primero una pierna para calzarme la bombacha; la manera en que me acostumbré a abrocharme el soutien por detrás y, después, acomodarme los breteles.

Aquellos ojos mansos brillaban más cuando llegaba el ritual de ponerme las medias, apoyando (como hacemos la mayoría de las mujeres) un pie en el borde de la cama y deslizando la fina malla de nylon hacia arriba con ambas manos, haciendo lo posible por no engancharla con las uñas.
–Nunca se me va a borrar esta imagen tan hermosa de mujer –me dijo una de esas tardes en que la despedida llegaba con el caer del sol.
Yo estaba en eso de ajustarme una kilt escocesa que a él le daba vuelta el seso y con la que yo le alimentaba el fetichismo. Descalza, con las medias puestas y de la cintura para arriba sólo un soutien blanco, de encaje. El cabello todavía mojado y el aroma del L´Air du Temps que él me había regalado mezclándose con el olor picante del tabaco virginia.
–¿Qué imagen? –pregunté, haciéndome la que no comprendía, aunque sabía muy bien que cada vez esos gestos los hacía más como un rito o un espectáculo privado para él en exclusiva, que como un hábito.
–La imagen de lo bellamente erótica y femenina que sos cuando te vestís –dijo, por única respuesta.
Creo que ese atardecer de domingo tuve la idea cabal y completa de cuál es el significado de la palabra erotismo y qué significa para un hombre que tenga un alma sensible.
Saltar de la cama desnuda, manotear la bata de toalla que me quedaba enorme, inclinarme sobre la bañera para abrir los grifos, sumergirme en el agua, salir con el cabello húmedo, mostrarle cómo me ponía la ropa interior, calzarme las medias y acercar mi cara al espejo para darme un toque de maquillaje, mientras lo miraba de soslayo, sabiendo que él sabía que yo sabía que el sabía que lo estaba mirando para ver cómo esos ojos que se encendían como brasas ardiendo cuando nos acoplábamos en el éxtasis, se deleitaban y registraban, como la lente de un experimentado y perspicaz fotógrafo, cada uno de mis movimientos.
El rito, terminaba cuando me calzaba los zapatos de taco alto.
Hoy, todavía, no puedo olvidarme de ese atardecer de
domingo en el cual, cuando ya me había calzado el
segundo zapato, me tomó de la mano, me volteó hacia él y me besó con una
pasión y una entrega tales, que fue más fuerte que yo. Fue el único domingo cuando ya
estaba lista para irme, que cambié de idea sin importarme las consecuencias y las explicaciones y decidí
quedarme. Cuando salí, en la mañana del lunes, el portero del edificio me miró con una
mezcla de sorpresa y condescendencia.
Esta reminiscencia del
más perfecto erotismo, es lo más parecido a la felicidad que haya
podido conocer en toda mi vida.
¿Alguna de ustedes, queridas lectoras, ha experimentado la exultancia de sentirse observadas por un hombre así, tal y como lo recuerdo?