Cómo es la insólita mansión que habita el mecenas del imperio de placer más lucrativo de la historia. A los 78 años de edad, y con la “fiel” compañía de sus conejitas, el hombre sigue dando que hablar.
Largo es el camino que ha recorrido Hugh Hefner desde que inició su fortuna con Playboy allá por el año 1953, con seiscientos dólares que pidió prestados poniendo como garantía los muebles de su casa. Hasta hace poco, aseguraba que gracias al viagra mantenía relaciones sexuales con sus chicas 4 o 5 veces a la semana en su lujosa mansión de cuarenta y ocho habitaciones ubicada en una exclusiva zona de Chicago, EE.UU. Y, recientemente, para hacer más creíble su historia, una de sus ex conejitas, Jill Ann Spaulding, escribió un libro poniendo al descubierto sus secretos de alcoba. Todo indica que la “casita” de Hef es un monumento a la lujuria.
Según Spaulding, el hombre realiza cada miércoles y viernes lo que denomina “noches de sexo”, junto a una docena de conejitas. Allí, Hef elige a una de las chicas para que lo acompañe en su cama giratoria desde la cual maneja su imperio de placer, mientras las otras fingen relaciones amorosas en una habitación repleta de espejos, y con un circuito interno de televisión que reproduce en dos enormes pantallas todo lo que sucede en la alcoba. Claro que el circuito de televisión no sólo tiene usos caprichosos. Cuando de trabajo se trata, los usa para ponerse cara a cara con los ejecutivos de Playboy, que están a algunas manzanas de distancia, apretando sólo un botón. Cosa que hace sin siquiera levantarse de la cama.
Hef, que no ha dejado detalle alguno librado al azar, decidió que su casa estuviese surcada por túneles y puertas secretas, con paredes y bibliotecas que se desplazan, también, con sólo apretar un botón. Un estudio de cine, con máquina de pochoclos incluida, un bowling, baño turco y una piscina de cristal, para que Hefner pueda tener una vista panorámica de sus conejitas nadando desnudas desde el bar, ubicado bajo la pileta, son sólo detalles menores.
La cama, claro está, es un objeto de culto. Fanático de las botoneras, con solo un click la catrera gira trescientos sesenta grados en cualquier dirección, se sacude, vibra y hasta se traslada para ubicarse junto a la chimenea o el sofá. En 1970, por un millón y medio de dólares, compró lo que luego sería la Playboy Mansion West. De inmediato la hizo decorar con colinas y jardines, un lago, una cascada y una gruta de piedra repleta de jacuzzis donde los huéspedes solían bañarse desnudos. Por todos lados había música funcional, mujeres y animales exóticos de todo tipo.
Pero a Hef no le gusta divertirse solo. Y por ello, su casita ofrece un menú de actividades nocturnas que se las trae. Los lunes son noches de hombres; los martes, días de familia; los miércoles, timba; los jueves, sobredosis de TV. Los viernes, como se viene el fin de semana, se lleva a cabo lo que se conoce como el Club Casablanca, una reunión en la que unas 50 personas toman tragos y ven una película clásica. El sábado en la noche se repite la oferta de la película clásica y el domingo, luego de un día de piscina y diversión (llamado Fun in the sun) se sirve una cena para los invitados y se proyecta un estreno cinematográfico.
Por si le faltara a algo, el fundador de Playboy, probablemente el hombre que ha compartido su lecho con el mayor número de mujeres en todo el mundo, tiene un sueño: espera que su última relación sea con Marilyn Monroe. Para ello, compró la tumba contigua a la de la estrella platinada, donde pidió ser enterrado. La mujer nació el mismo año que él y fue la primera conejita de su vida. "Marilyn será mi última novia, y espero que lo nuestro funcione", dijo Hef.
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Artículo firmado por Pedro Irigoyen y publicado en
Clarín