Colección Voyeur

Miércoles 30 de Junio de 2004
Desde el diván
Antes de empezar, te cuento: yo soy voyeur
Conozco esta sección, desde que nació hace ya... (mmm) un buen tiempo.
La situación fue más o menos así: venía yo, navegando por los caminos de la Web hasta que un ojo, el de una sugerente y coqueta cerradura me susurró: ¡Stop! ¿Por qué no echas una ojeada?
¿Hay algo más atractivo que aquello que nos llama para ser mirado y al mismo tiempo nos lo impide? ¿Cómo resistirse a la seductora invitación a transgredir sobre todo cuando de placeres, juegos y charlas sabrosas, se trata?
Ni lerda ni perezosa di rienda suelta a mi golosa morbosidad.
Pasé por aquí una y otra vez y la verdad es que me siento tan a gusto, que comencé a pensar en la manera de quedarme.
Pero aquí se planteaba una cuestión ¿cómo?
Además de mirar... ¿haciendo qué?
Ya te conté que soy voyeur, lo descubrí, entre otras cosas, a través de mi trabajo.
Es que soy sicoanalista ¿viste?
Hace ya tiempo pensé en la similitud que había entre mi actividad profesional y la que ejerzo permanentemente menos cuando me gana el sueño.
Igual que vos, ¿me equivoco?
Si me equivoco, mil disculpas, no es mi intención ofender a nadie menos a vos, lector, con quien deseo entablar un diálogo –¿cómo definirlo?– interesante, esa es la palabra: interesante.
Bueno te contaba que un día me vi y me sentí como una chusma (el autoyoyerismo también existe); como una chusma con diploma, ni más ni menos, habilitada con matrícula y todos los chiches .
Que hay pequeñas diferencias, las hay.
Una de ellas es que cuando el chusmaje se despliega en el barrio (almacén, carnicería, en la calle etcétera, etcétera), previamente se dibuja en el aire un halo de discreción y solemnidad. Y el diálogo se desarrollaría más o menos así:
–Yo te cuento, pero que no salga de aquí.
A continuación, nuestro interlocutor apela a la convincente autodefinición para el caso:
–Vos me conocés perfectamente: soy una tumba.
Lo mismo pasa en el consultorio, puertas adentro y con diván incluido, adoptando la forma institucional del tan mentado y –eso sí–, respetado, “secreto profesional”.
Mientras que en nuestros respectivos barrios el secreto tiende a dejar de serlo y tiene el destino casi cierto de ir eligiendo cuidadosamente y en cadena un par de orejas y una boca frágil –si de promesas se trata–, con la finalidad de multiplicarse, de recrearse tanto como para dar sal y pimienta a la monotonía cotidiana, en el consultorio –hay que saberlo–, cuando un secreto sale desnudo, las consecuencias terminan siendo estadística y verdaderamente nefastas.
La cosa es intentar tomar un secreto y vestirlo apropiadamente para la ocasión y teniendo en cuenta su jerarquía, de tal forma que no sólo circule –se dirá el pecado y no el pecador–, sino que nos interese.
Esto es: que sepamos de una vez por todas que mi secreto es también y de todos nuestro secreto.
Mis queridos amigos, Silvia, Simón, y Montse, algo más tarde, supieron de mi inclinación al voyeurismo desde el mismo instante en que me conocieron cuando... bueno ahora no viene al caso contar cuándo y cómo.
No quiero darle largas al asunto. Al fin y al cabo sólo me propuse presentarme un poquito.
También quiero preguntarte si tendré el gusto de contar con tu complicidad para espiar juntos por esas encantadoras e innumerables cerraduras que existen donde menos nos lo imaginamos.
Después de todo sabrás que mi consultorio resulta ser ni más ni menos que una molécula del Gran Consultorio Universal.
La cita es aquí. La hora y el día pueden ser los que mejor te convengan: Podés mirar, contar, escuchar, compartir, sentarte en el diván, acostarte en él si es tu costumbre.
¿Preferís este sillón? ¿El mío?
Te lo presto.
Hechas que fueron las presentaciones, te espero, lector.

Princesa Bacana
(así me llamaba papá)

Advertencia: ¡Ojo! Cualquiera que intente hacerse el listo asegurando que la que escribe es fulana, mengana o zutana... pues no.
Se equivoca.
Soy yo.
 
Publicado por La Bacana a las 20:37

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