Hola a todos:
Lo primero, es lo primero.
Monserrat me anunció como colaboradora permanente de esta plantilla, y corresponde que me presente.
Soy
Silvia Bonasi, y siempre que pueda estaré en este rinconcito para hacer comentarios de lo que ocurre en este gran vecindario virtual que es la Web, y que esté relacionado con nuestro sitio.
Soy una optimista, pueden creerme y para nada aguafiestas, pero antes de cualquier apostilla quiero empezar por mencionar todo aquello que me fastidia y me perjudica, igual que a todos los que somos usuarios de Internet.
Me pone los pelos de punta que día tras día –y cada vez más–, me sienta invadida y violada por: 1) El Correo electrónico que me llena la casilla con anuncios que no quiero recibir; 2) El
Pop-Up con imágenes de sexo o de productos que no me interesan; 3) El
Spyware, que se infiltra y hurga en mi equipo, al acecho de lo que estoy haciendo, en la web; 4) El
Adware, que me cambia la página de inicio en el buscador y aprovecha para “pegar” publicidad de cualquier tipo cuando estoy navegando; 5) Los
virus, cada vez más peligrosos, dañinos e incontrolables: troyanos, gusanos, y anos igualmente destructivos y perversos.
Me tienen hasta la coronilla las
Jaclyns, Rebeccas, Jannises y las
Hatties; los
Mables,
Emmets y otros nombres ficticios que –cambiados día por día para mi desconcierto y el del artilugio que bloquea remitentes no deseados–, figuran entre quienes me envían correos electrónicos para ofrecerme, por ejemplo, ser espectadora de Sexo Amateur (100%!!!); usar un crédito del que seguramente
no dispongo ni en mi país ni en ningún otro país del mundo, aunque una tal Verena me ofrezca una tarjeta VISA con un límite de 10.000 dólares; ganar en la ruleta o en las máquinas tragamonedas de Las Vegas (¿hay quien pueda?); comprar un exótico aparato por el cual voy a incrementar hasta en un 30% el
pene que no tengo y conseguir una pareja cuando ya tengo una.
Quise inaugurar esta sección con una declaración: No quiero entrar en las fuerzas armadas de los Estados Unidos (y menos ahora, desde la invasión a Irak). No quiero ver cómo dos mujeres comparten el semen de un hombre. No quiero comprar la revista del
History Channel (por otra parte, si quisiera, descubriría que la oferta es válida exclusivamente para los Estados Unidos y Canadá). No quiero Direct-TV, porque ya tengo cable y la programación es una verdadera lata. No me interesa espiar en la intimidad de un ama de casa que le pone los cuernos a su marido. No necesito ni quiero tarjetas de crédito, porque
no creo en los bancos. No quiero instalar un modem 512 porque ya tengo suficientes quebraderos de cabeza con el que me da servicios. No necesito comprarle Viagra a mi pareja, porque de momento se le empina de maravillas y no quiero comprar tranquilizantes ni psicofármacos de ningún tipo sin receta de un médico que las prescriba.
De este tipo de anuncios –los de fármacos–, quiero hacer una mención especial. No dudo que todos habrán recibido, aunque sea una vez, un
e-mail que ofrece:
Discount Pharmaceuticals with no-prescription!
Bueno, antes de eliminarlo sin más trámite, y puesto que iba a inaugurar este espacio con lo que no quiero de la Web, pensé que sería útil abrirlo para ver de qué se trataba y así poder escribir con propiedad.
En ese correo, me encontré con la tranquilizante imagen de un médico ataviado con bata blanca y estetoscopio que me sonreía desde la pantalla, ofreciéndome comprar online más de 300 medicamentos que me serían enviados
de noche a mi domicilio
sin necesidad de presentar una receta médica, en forma totalmente confidencial, sin tener que aguantar la espera en la recepción del consultorio, y con un envoltorio (
package) discreto.
Los medicamentos que se ofrecen en esa obra maestra de la publicidad que no debe hacerse, figuraban
Prozac, Phentermine, Soma, Amblen, Valium, Cáliz y Xanax, además –claro está–, del
Viagra.
Creo que todos sabemos cuáles son las razones por las que la venta y administración de tales medicamentos está regulada en la mayor parte del mundo: su uso sin control es perjudicial y peligroso para el ser humano. No creo que esté de más mencionar que una persona que se tome un frasco entero de
Valium, puede irse directamente y sin escalas al otro mundo, del mismo modo que aquél que decide suicidarse arrojándose desde el piso 20 de un edificio.
Todos esos medicamentos, Viagra incluido, no pueden ser utilizados sin control médico, circunstancia que no debe haber comprendido quien se esconde detrás del remitente
rljpmrxx@wanadoo.fr, que es quien me envía la publicidad.
Si un
pop-up de esos donde varias mujeres se están pasando de boca a boca el semen de un hombre me parece invasor y de mal gusto, un correo electrónico con publicidad de medicamentos de alto riesgo que pueden adquirirse sin control, me parece sencillamente criminal.
Hoy mismo he escuchado dos noticias en la radio, y me parece que vienen como anillo al dedo.
La primera es con relación al seguimiento de actividades delictivas en Internet.
Según la noticia, las fuerzas policiales de Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca y Holanda llevaron a cabo un gran operativo conjunto contra la
pornografía infantil, que dio por resultado la detención de decenas de implicados. Fueron necesarios dos años de investigaciones y seguimientos para descubrirlos.
La otra tiene que ver con los
nuevos pecados que toda aquella persona que profese el culto católico apostólico romano deberá tener en cuenta en el momento de arrodillarse en el confesionario: los
pecados informáticos (Jejeje... no se lo tomen a broma, que ya pueden encontrar
la noticia en la Web).
Para el Vaticano (que no sé si lo será para Dios) los
hackers son pecadores graves.
Quienes utilizan Internet para engañar a sus semejantes, haciéndose pasar por lo que no son, están cometiendo pecado venial. Un pecadillo, que se le dice. Al fin y al cabo, una mentirilla no mata a nadie.
Los programadores de Pop-Ups, Adwares y Spywares, deben asistir con rapidez a la primera iglesia y solicitar la presencia de un confesor sin más trámite, para evitar vivir en pecado grave, y que San Pedro los mande al Purgatorio el día del Juicio. Lo mismo vale para el juego (por dinero, claro está) en Internet.
Las páginas de sexo explícito –las páginas pornográficas, vamos–, son el equivalente de nuestro tiempo de Sodoma y Gomorra. Están condenadas desde el principio y sin remedio.
Sus propietarios y los webmasters que las mantienen, como es lógico suponer, merecen los padecimientos del Infierno de Dante en la otra vida y, de existir la Inquisición Informática, no dudo que los torturarían y luego los arrojarían a las llamas.
Para el sexo, no hay redención, como lo vienen sosteniendo desde hace mil años, aunque después el Vaticano decida dar refugio y asilo a ciertos arzobispos que abusaron sexualmente de decenas de niños.
Naturalmente, los teólogos que se ocuparon de hacer la lista de pecados y determinar qué gravedad reviste cada uno de ellos, no hablan de la publicidad impuesta.
De la venta de psicofármacos realmente peligrosos para la salud y la vida del ser humano, ni noticia.
De las estafas perpetradas por grandes corporaciones financieras con inversiones o seguros, favorecidas por la manipulación informática de los datos, ni mus.
Del uso de la informática en la fabricación de armamento o el espionaje electrónico y, lo que es peor, para el establecimiento paulatino de un estado policial casi idéntico al del nazismo, parecen haberse olvidado.
Me pregunto si en este mismo momento, hay un grupo de investigadores buscando la localización física de quienes comercializan psicofármacos. Drogas, bah.
Me pregunto en cuál nivel de pecado ubicaría la Iglesia Católica Apostólica Romana, el Papa y todos sus teólogos a los responsables de esa forma de comercialización.
Esta serie de inconsecuencias, de falsedades, de hipocresías, de ultrajes, de invasiones, de daños intencionales y de perversidades manifiestas y encubiertas que –como en la vida real– contaminan y hacen difícil, dura y cada vez más insegura la vida sobre el Planeta, me ponen los pelos de punta.
No quiero terminar este comentario, sin hacer una especial mención a los visitantes de hoy:
1)
Willena Muench (¿de dónde habrá sacado ese nombre?), quien me ofrece
Lexitor Secus Validus que le garantiza a mi pareja una excelente performance.
2)
Aileen Stanley, y Tim Donovan, parecen no saber que están enviando la misma publicidad a la misma persona y se imaginan que resultan simpáticos al cerrar el texto con caritas :).
3)
Roseline Wigand, quien se ha metido en mi casilla (como esos vendedores callejeros que trababan la puerta con el pie para no comerse un portazo), para ofrecerme el la pelota de golf
Sweet Spot Finder, ignorando que en la lista de intereses de mi vida, el golf ni siquiera figura como posibilidad.
(¿Por qué no se irán al
¡¡¡%¡¡2@y/=!!!?)
Hasta la próxima, amigos.