Colección Voyeur

Todo lo que merece ser publicado acerca del Erotismo.
Lunes 13 de Octubre de 2008
Abigail y IV o el hermano menor

La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida.
Pedro Navaja, Rubén Blades.

Cuando Walter entró a la habitación de motel donde nos encontrábamos Abigail y yo desde hacía un par de horas, me sorprendí. Aquellos dos hombres no podía ser más diferentes y, si Abigail no me hubiese anunciado el parentesco, yo jamás habría imaginado que fuesen hermanos o tan siquiera que estuvieran relacionados. El mayor era alto, corpulento y moreno; mientras que el menor era bajo, delgado y, sin llegar a ser rubio, su piel era muy clara y tenía el cabello castaño claro.
–¿De verdad son hermanos? –pregunté incrédula.
–Sí, es verdad –respondió Walter. Su voz era la mejor prueba del lazo fraternal, ya que en tono, timbre y textura era casi idéntica a la de Abigail.
–Somos hermanos del mismo padre, pero de madres diferentes –agregó Abigail, acercándose a mí para abrazarme y besarme.
Si sus diferencias físicas me parecían extraordinarias, la disimilitud abismal en sus gustos y preferencias sexuales muy pronto me iba a fascinar. En el escaso tiempo de conocerlo, ya yo sabía que Abigail era afecto al sexo oral, tanto a recibirlo como a darlo. Aunque su oralidad no se limitaba a los genitales, porque con labios y lengua era capaz de recorrer hasta el lugar más recóndito de mi cuerpo e igualmente le gustaba que yo hiciera con el suyo.
Luego de tomarme entre sus brazos y besarme por largo rato en la boca, me recostó en la cama, colocándose entre mis piernas abiertas y para dedicarse a lo que tanto le gustaba y a mí me provocaba tan grato placer. Entre tanto Walter se desvistió, encendió un cigarrillo y se sentó en el sillón de la esquina a vernos, mientras se acariciaba el sexo con lentitud y sin dejar de vernos.
Estiré la cabeza para ver que su pene era tan soberbio como el de su hermano y deseé probarlo de inmediato.

Le sonreí, comencé a sobarme los pechos y con un gesto de la cabeza, lo invité a acercarse.
–Ana me está invitando a unirme a ustedes –le dijo a su hermano, como si necesitara permiso del otro para actuar.
–¿Ah sí? –preguntó Abigail, incorporándose, dando la vuelta y poniéndose de rodillas sobre mi cara. –¿No te dije que es una calentona?
–Sí, ya veo que es cierto –le respondió Walter, levantándose del sillón y aproximándose a nosotros pavoneando la formidable erección que tenía.
Yo estaba muy mojada, deseosa de ser penetrada por aquel par de hermanos libidinosos, y feliz de estar realizando la fantasía que había anhelado por tanto tiempo. Abigail empujó su sexo en mi boca de un solo golpe, al mismo tiempo que su hermano hacía lo propio con el suyo en mi vagina. Así descubrí que Walter era el rey de la embestida. ¡Hay que ver la potencia que tenía! Le imprimía mayor fuerza a cada nueva arremetida y cada vez llegaba más adentro de mí, aferrándome por las caderas.
Ambos estuvieron entrando y saliendo de mi cuerpo hasta que estallé en un orgasmo que me sacudió de pies a cabeza y me dejó vibrando por varios minutos. Entonces continuaron penetrándome sin descanso, alentándome a que disfrutara y hablando entre ellos. Usaban por igual palabras soeces o frases dulces.
–Goza, Ana, goza –decía Walter.
–Estás haciendo realidad tu fantasía –acotaba Abigail. –Te estás tirando a dos machos.
–Dale, mi reina –agregaba el hermano menor. –Gózate ese par de güevos.
–Dale, que dos machos te están cogiendo –le seguía la corriente el hermano mayor.
Yo chupaba el sexo de Abigail, dejando que de cuando en cuando me llegara hasta la garganta. Más abajo, Walter se ocupaba de hacerme mover la pelvis a un ritmo desenfrenado. No recuerdo cuántas veces acabé, pero sí la intensidad inusitada con que lo hice en cada oportunidad. La cabeza me daba vueltas, estaba algo mareada de tanto gozo, la boca me dolía y la vagina comenzaba a arderme, pero no deseaba parar. Quería seguir disfrutando de la maravillosa experiencia y prolongarla lo más posible.
–¡Ahora! –gritó Walter.
–¡Ahora! –replicó Abigail.
Como uno solo, ambos hermanos se derramaron dentro de mí, dejando salir todo su placer y haciéndome gritar de gozo. Caímos los tres satisfechos y extenuados. Me acosté entre los dos, llena de dicha.

Foto: Cortesía & © by Lauren Bentley

Publicado por Anamar a las 5:00
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Domingo 12 de Octubre de 2008
Quitando dolores

(También llamado: "Sobrecargas musculares II")

Estoy vencido porque el mundo me hizo así
no puedo cambiar.
Soy el remedio sin receta y tu amor:
Mi enfermedad
estoy vencido porque el cuerpo
de los dos es mi debilidad.
Esta vez el dolor va a terminar 

Mi enfermedad, Fabiana Cantilo

Habíamos quedando en que lo invitaba a mi compañerito a tomar un café, para que me contara qué le dolía.
–¿Qué te está pasando?
–¡Ugh! ¡Estoy todo contracturado!
–¿Tenso?
–Bastante.
–¿Estresado?
–Mucho. –y puso cara de perrito abandonado.
Entonces, con ese olfato que tenemos las mujeres, me di cuenta que lo que le ocurría a mi compañerito de servicio debía ser algo más complejo que una contractura que una contractura.
–¿Por qué tanto dolor? –le pregunté, mirándolo a los ojos.
–Ya te dije... lo que pasa es que en el gimnasio...
–Dale, nene. Lo tuyo no tiene que ver con lo muscular.
Se quedó mirándome como si yo fuera telépata y después bajó la cabeza. No cabía duda que no necesitaba una sesión de kinesiología, sino de “oreja”.
–Dale, ¿qué te pasa?
–Es que... eee... la mujer con la que salgo es casada y eee... lo que yo creí que solamente era una travesura, un juego...eee... vos sabés... se transformó en amor –le costó explicarlo, pero lo largó.
–Ajá... ¿Y qué hay malo en eso?
–Que sea casada no me molesta. Pero últimamente la noto fría. No me acaricia, no me besa, para mí esas mínimas caricias son fundamentales. Es demostración de amor. ¿Vos que sos mujer, no pensás lo mismo?
–La verdad que sí. Por lo general, las mujeres nos alimentamos de caricias. Aunque debo reconocer que no todas, hay excepciones.
–Ah...
–Pero decime... ¿Es una mujer activa? Ardiente, ya sabés... ¿Va al frente o es quedada?

–¡Uf! Cuando se calienta es polvorita. Me tira del pelo, me araña la espalda, grita...
(¡Ay, las que gritan! ¿Se pondrá colorada como gallina bataraza como una que yo sé?)
–¿Qué edad tiene? –le pregunté–. Por curiosidad, digo.
–Ejem... eeee... cuarenta y ocho –se tuvo que aclarar varias veces la garganta.
–Algunas mujeres somos como las plantitas. Sin mimos y sin cuidados se secan...
–Yo la lleno de mimos... bueno, eso creo. Pero ella se limita a ir derecho al grano... no sé si me explico... eee... No es que se niegue, al contrario, pero es como que ¡Plam, Plim, Plum! Y ya está. Y a mí me gusta que eee... que me acaricien, que no se levante de un salto... ¿Entendés? Mientras estamos... bueno... eso... eee.. haciéndolo, es fabulosa... vos me entendés.
–Ajá –asentí–. Y dejá de decir “eee”, que me ponés loca.
Debo reconocer que mi compañerito era un bomboncito y que daban ganas de comérselo. ¡Ay, por Dios! ¡Algunas tienen una suerte! Por ejemplo, ésta fulana. Ella, cuarenta y ocho, casada. Mi compañerito que apenas pasa los treinta, con un físico que cuando lo mirás con ambo, tenés que ser un témpano para que no te haga ¡Plin! Y como si todo esto fuera poco, un mimoso, una cuchara grande de dulce de leche para lamerlo todo... ¡Y encima va y se enamora!
–Digamos que la señora ésta es expedita –le dije, después de tomarme el resto del café.
–¿Es qué?
–Que va derecho a los bifes, rico. Y vos lo que necesitás son mimitos.
–Y, sí... –me contestó, y se le pusieron colorados los cachetes, al angelote–. No es que no me excite, ¿eh? Al contrario... la verdad es que me pone a mil. Lo que pasa es que después, en vez de quedarse al lado mío ya sabés, jugando... bueno... eso...
–Ni un beso.
–Sí. No busca nada más, hasta que empieza de nuevo...
–¿Nunca te cuestionaste para que seguís a su lado?
–No, pero ahora siento que llegó el momento de elegir
–¿Elegir qué?
–Que es lo que me hace bien a mí –protestó, poniendo una trompita de “pucherito” que era como para comérselo–. Ella vive eligiendo... Tengo que estar cuando ella quiere. Cuando yo quiero, no puede por el marido... ¿Por qué no puedo hacer lo mismo?
–Eso es lo que yo te pregunto. Mirá, sos un hombre atractivo. Muy atractivo –dije, tratando de subirle unos puntos la autoestima, y sin mentir porque como dije, es un bombón–. ¿Qué necesidad tenés de tener una relación que no te satisface? Y encima con una mujer casada que sólo está disponible cuando ella quiere y, que además, podría ser tu mamá...
–Eh, che... No es para tanto...
–Mirá, en esta época, se ve de todo, no es que yo sea criticona. Las relaciones desparejas cada vez son más, así que no me horroriza. Pero, tal como me lo pintás... ¿a qué seguir?
–Es que no puedo dejarla... me gusta... la quiero.
–¿Y ella?
–Dice que está cansada de todo, hay días en que todo le parece mal, no le encuentra sentido a la vida...
–Se ve vieja –aventuré.
–¡Eso! Se ve vieja, y no te imaginás qué fuerte está... por momentos es depresiva, no sé...
(Sí que sabés, bombón. La mina se da cuenta que al lado tuyo, es vieja. No es que lo sea. Digamos que te lleva unos cuantos años.) (Esto lo pensé, pero no se lo dije).
–¿Y ahora, además, también empezó a bajar la frecuencia y bueno... nada... eso.
(Ajá. Éramos pocos, y para colmo, parió la abuela) (Eso tampoco se lo dije).
–Y entonces vos estás confundido, celoso, ansioso. Por momentos te enojás. Después te da lástima. Pero te sentís frustrado con el rechazo, entonces te encerrás, te da el estresazo-mal y... ¡Zápate! Te contracturás.
–¡Eso! ¿Cómo sabías?
(Ay, ay, ay, bebote... ¡Te comería a besos de tan ingenuote que sos! Decí que mi rulo pasa por los maduritos).
–Correte el flequillito de la frente –le dije, señalándole la onda que le hacía el cabello lacio.
–¿Eh? –dijo, poniendo carita de no entender nada.
–Dale, corrételo –se llevó la mano a la frente y se tiró la onda hacia atrás.
Entonces me incorporé un poco, me acerqué a él y le di un besito de lo más maternal en la frente.
–Mirá, mamita te va a explicar –le dije, y volví a sentarme–. Abrí esas orejitas que tenés, a ver si mami puede hacer algo para quitarte el dolor...

(Continúa el próximo domingo, no se vayan...)

Publicado por Ángel a las 5:00
Sábado 11 de Octubre de 2008
Declive

Pendiente suave, caída sutil, remanso complaciente donde detenerse a reposar la mente y el alma.
Dominio de la quietud donde amainan la tormenta del pensamiento y la tempestad de las emociones.
Límite imperceptible entre la razón y el sentimiento.
Símbolo de lo femenino.
Feudo de la blandura, heredad de la mansedumbre.
Metáfora de la caricia.

Si existe una frontera invisible, una línea incorpórea que demarca el territorio de la cabeza y el del corazón; un trazo imaginario entre el cuerpo y el espíritu... sólo quien sepa buscar, la encontrará en ese declive.

Foto: “Lust” Cortesía & © by Alelei Ualelei

Publicado por Simon a las 5:00
Viernes 10 de Octubre de 2008
Versión real y versión ficticia

1. La realidad.
Hace unos cuantos años, pero no los suficientes como para definirme como una veinteañera…
Mauri me llama a las ocho de la tarde y me pregunta que si tengo plan. Pues no, ¿por? Es que ha venido mi amigo Raúl de Madrid a pasar un par de días aquí y bla blá. Ah, vale. ¿Y quién coño es tu amigo Raúl? Pues un amigo. Pues bueno, ¿y qué más? Pues que nos vamos a cenar los cuatro, Raúl, mi novia (la misma que unos años más tarde me dejará con lo puesto, sin piso, sin poder ver a mis hijos más que en fines de semana alternos y pagando una pasta para mantenerla) tú y yo. Bueno, vaaaleeee.
Joder, ¿este es Raúl? Está tan bueno, que me lo voy a merendar en cuanto se descuide. Y Raúl que se descuida. Ala morreos en plena discoteca. Mauri descojonado, besuqueando y dedicando risitas cómplices a la mala puta que le hundirá en la miseria. Raúl, ¿me vas a follar? Sí. Mauri, ciao ciao, besitos, me voy y por cierto, Raúl duerme en mi casa, no en la tuya.
Ole, además de guapo, inteligente, mordaz, irónico, tiene un miembro fenomenal. Y qué bien lo usa. Y la lengua. Oh, los dedos también.

Ah, jodido, sigue, te voy a asfixiar esta noche bajo mi pasión.
Desayuno: café, tostadas, besos, otro polvo en la cocina, y otro más para despedirnos. Este tío es la bomba. Hasta otra Raúl. Si vienes por Madrid, llámame. Claro, claro. Un morreo en el descansillo, mmm, sabe rico. Le veo marchar, con su ropa con olor a tabaco rancio, pero qué culo le hacen los vaqueros… Uauauuuu, cuando se lo cuente a mis amigas no se lo van a creer.
Raúl sigue en mi ciudad, se va en dos días, voy a mandarle un sms, simpático, sin intenciones, sólo agradecerle la noche, ha sido fantástica. Ahí va: “Hola bonito, lo pasamos bien, ¿verdad? Desde hoy Madrid me gusta mucho más.”
Beep, beep. Oh, contesta, que mono. Respuesta: “Sí, lo pasamos bien. Pero no busco una relación estable ahora mismo, lo siento. Un beso, te deseo lo mejor.”
Pensamiento: este tío es gilipollas . Fin de la historia real.

2. La fantasía.
Nos quedamos en que yo le he mandado un sms. Y él contesta: “Sí, lo pasamos bien. Ya sabes que cuando quieras tienes un buen amigo (y lo que se tercie), en Madrid.”
Amanda fue a Madrid pero nunca le llamó: los polvos de una noche son polvos de una noche, pero… ¿a qué hemos quedado los dos de puta madre?
Pues ale, menos tonterías y dejad el puñetero rollo del compromiso, el noviazgo y la mujer liberada que manda un sms cariñoso y educado buscando marido, y empezad a cerrar la boquita, que ni todas usamos el sexo para enganchar pareja, ni folláis tan bien.

3. Epílogo.
Meses más tarde, coincidí de nuevo con Raúl. Le definí como un chulo prepotente cuando, en mitad de una cena, nos dio por hablar de lo que pensábamos los unos de los otros. Raúl me cazó más tarde en la barra y me preguntó por qué había dicho aquello.
Fácil, querido: si yo hubiera querido una relación estable contigo, jamás te hubiera mandado un sms diciéndote que Madrid me gustaba mucho más. Te hubiera dicho que quiero una relación estable, y precisamente por eso, no te hubiera dejado follarme como un poseso contra la pared: te hubiera conocido antes.
Al final nuestros criterios son muy similares a los vuestros: polvo es polvo, y futuro es futuro.
Sólo a veces, muy pocas, yo recuerdo ahora mismo tres en toda mi vida, tras una relación esporádica y sin mayores pretensiones, sientes que quieres conocer a esa persona en otra situación que no sea únicamente una polla moviéndose sobre ti o dentro de ti. Y para eso no nos hacen falta vuestras sentencias: si eso queremos, lo decimos. Y si va a ser que no, no nos vamos a hundir. Por cierto, de esas tres veces, sigo manteniendo la estabilidad inestable del amor de Cristóbal.

Foto: Cortesía & © by DdiArte

Publicado por Amanda a las 5:00
Jueves 09 de Octubre de 2008
Los amantes

La lengua hace un nudo de hilo, para enredar la metáfora de citas clandestinas, desnudez desdibujada, cruces hechas de perlitas húmedas que su lengua recoge. Sabor salado y cálido sobre el mapa del desasosiego.
Blanca agua reflejada en su llama, lenguas dulces escamoteadoras de segundos, rodar en una blanca cama.
Deseo que abastece cada rincón y curva, que muere en ese ombligo.
Agitándose los cuerpos y el tiempo quieto, muy quieto.

Ella sentada sobre él.
Roce, roce y más roce. Piel sinuosa e insinuante, grafismo de la avidez.
Encadenados al vuelo, susurros, alas que los hacen libres por un tiempo.
Nacimiento y muerte.
Los recuerdos acompañan a la soledad mientras entre los muslos de ella se desliza su mano y aspira el olor que quedo en su cuerpo impregnado.
Sonrisa.

Publicado por Belita a las 5:00
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