Estaba en eso de explicarte que la incontinencia verbal es una cosa, y la angustia oral otra muy distinta. La primera induce a no pensar antes de hablar, como si en nuestro cerebro, hubiera una falla, desperfecto, avería o desconexión en el sector que coordina las acciones. Mientras que la segunda, la mayoría de las veces y ante la presión de ciertas situaciones cotidianas, se presenta como un cable a tierra, como el recurso que tenemos más a mano, para descomprimirnos. Por otra parte, las fases o pulsiones...
–Sí –me interrumpiste–. No importa. A veces me confundo las fases con las pulsiones y siento que padezco de incontinencia oral...

Fue lo último que dijiste antes de llevarte ese fruto rojo y jugoso a la boca para seguir saciando tu oralidad.
Foto: “Lustgenuss 1” Cortesía & © by Christian Grünewald
Algunos, mejores.
Otros peores.
Los hubo para olvidar.
Los hubo de aquellos que nunca podré olvidar.
Pero todos pasan.
Y todos suman.
Hoy, treinta y ocho.

Inicio mi camino hacia la respetable señorita de edad madura en la que me voy a convertir.
Foto: Cortesía & © by António Manuel Correia da Silva
Texto escrito por Amanda el 14 de junio. ¿Reflexión por su cumpleaños?
No lo sabemos. En todo caso, se nos pasó.
De manera que vaya nuestro deseo de felicidades atrasado.
Todos los que hacemos Voyeur
Tocar, rozar, acariciar.
Desnudez de tu cuerpo.

Tus nalgas.
Pasear licenciosa mis pechos sobre tu piel ungiendo tu lascivia.
Tu boca lacerando mis labios.
Tus dedos apremiantes mimando aquello que luego recorrerá tu lengua.
Mi aliento entrecortado, el sudor recorriendo mi espalda.
Copular de forma desenfrenada siendo únicamente instinto.
Tu saliva, tus jugos.
Buscar.
Firmar la paz bajo tu ombligo.
Impregnar el deseo de jadeos incesantes.
Algunos días creo que el diccionario no contiene suficientes palabras para permitirme expresar la desnudez del alma…
Y es que no sólo quería follarte…
Aunque eso también.
Foto: Cortesía & © by Gundula Glueck
No he cedido ni un ápice del miedo que me da no tenerte apresando mis dedos con los tuyos derramando en mi vientre tus secretos.
No he querido ceder, porque es el mío y me posee tanto como el mismo deseo.
Qué más da que grite y que me agarre hasta la última arruga de tu cuerpo.
Sé que te irás, y que el miedo me guarda hasta el regreso.
Porque quiero el temor de llegar a ser libre de no llegar a llorar con cada orgasmo tengo miedo de que no me acaricies el pelo cuando acabas y roces mis mejillas con tus labios.

No deseo tenerte más que un rato.
Tan enganchada al miedo estoy que es por tu culpa que le quiero.
No sé si igual que a ti.
Pero le quiero.
Foto: Cortesía & © by Thomas Kierst
Llevo toda la semana deseando ver a Carlos y por fin estoy allí, aparcando el coche enfrente de su casa. Mientras recorro la distancia que nos separa, sólo se escucha el sonido de mis zapatos de tacón en la calle desierta y, aunque hace frío, no puedo evitar excitarme y humedecerme pensando en lo que va a ocurrir a continuación.
Llamo a la puerta y cuando me ve no se entretiene preguntándome qué tal estoy. Simplemente me mira de arriba abajo con lujuria, se muerde el labio inferior moviendo la cabeza de izquierda a derecha y se lanza a mi boca y a mi cuerpo. Me besa... le beso... me desnuda... le desnudo... me desea... le deseo...
Sabe exactamente qué decir y hacer en cada momento para volverme loca de placer. Me tumba sobre el sofá y su lengua se cuela entre mis piernas, lamiendo y saboreando cada centímetro... mientras, yo no puedo evitar coger sus manos e ir introduciendo cada uno de sus dedos dentro de mí, marcándole el ritmo... uno, dos, tres... cuatro...
–¿Te gusta?
–Me encanta, no pares... más fuerte, por favor...
–¿Te duele?
–Sí...
–¿Quieres que pare?
–Ni se te ocurra... quiero más... fóllame... pero no dejes de hablarme.

Se coloca sobre mí y con mis piernas encogidas entra como un salvaje y me hace llegar al cielo. Gime y le beso... gimo y sus dedos me llenan la boca... saben a mí...
Yo también sé qué decir y hacer para satisfacerle. Me coloco a cuatro patas sobre el sofá, dejándole una perfecta visión de mi sexo y mi culito, con los que juega su antojo, y me entrego con profundidad a su delicioso miembro.
Me muerde las nalgas, las acaricia y me azota fuerte... muy fuerte... en un momento de máxima excitación me regala un "te quiero" que me desconcierta y me hace estremecer al tiempo que toda su esencia inunda mi boca.
Esa noche duermo entre caricias y besos, arropada por el sonido de su respiración. Algo ha cambiado misteriosamente en mí, algo ha cambiado inexplicablemente en él.
El sexo sigue siendo fabuloso, increíble, intenso, pero cada uno de nuestros besos delatan algo más íntimo: una conexión que va mucho más allá de la pura atracción física. Cada mirada, cada sonrisa, cada palabra...
Esa es la primera noche desde que nos acostamos juntos que no quiero que termine.
A la mañana siguiente, mientras yo me ducho y me arreglo para ir al trabajo, él me prepara el desayuno, un zumo de naranja natural y dos tostadas. Desayunamos, reímos, compartimos confidencias y no dejamos de besarnos y meternos mano.
–Natalie, creo que vamos a tener que dar un empujoncito importante a esta relación. Sucede como en las ventas, si no se cierra el pedido lo antes posible se corre el riesgo de que llegue otro con una oferta mejor.
–¿Y qué sugieres?
–Necesitas a un hombre como yo... maduro, estable, que respete tu espacio... apuesto a que puedes llegar a intimidar a los chicos de tu edad.
–Te sorprenderías... Carlos, creo que eres demasiado mujeriego para mí –bromeo con él.
–Llevo seis años sin pareja estable y he disfrutado mucho de mi soltería, pero tú has dado un vuelco a mi vida. El sexo y la relación que tenemos ahora es cojonuda, pero quiero más, mucho más. No necesito estar con ninguna otra mujer.
–¿Cenamos juntos el viernes?
–Claro, preciosa. Por cierto, me ha encantado despertarme a tu lado.
–A mí también. Repetimos el viernes, pero esta vez no me traeré pijama...
Salgo de su casa sonriente, feliz... ilusionada, después de tanto tiempo...
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